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Cuestiones de fundamentos (II): El libre albedrío


Adán y Eva
(Adam und Eva)
Alberto Durero, 1507
Óleo sobre tabla 
209 cm × 81 y 80 cm
Museo del Prado


Como dije en la entrada anterior voy a ir hablando de unas cuantas cosas en las que me parece que creo. Digo me parece porque soy consciente de que son opiniones nada más y de que algunas están más allá del territorio de la razón y más acá del horizonte de la certeza. No pretenden ser otra cosa que intentos de dar forma a la palabra para mostrar algo de lo que siento, para dar algún eco a esos latidos que sordamente escucho en mi interior de vez en cuando. Por eso me gusta usar la palabra creencias. No me refiero a las creencias religiosas, o al menos no solamente a las creencias religiosas; querría reflexionar acerca de todo ese conjunto de cosas que subyacen a nuestra manera de entender el mundo, seamos o no conscientes de ellas, y que están detrás de nuestra forma de actuar. Me apoyaré en el credo de Einstein cuya traducción puse allí, aunque podría haberlo hecho con otros muchos textos. Es sólo una forma de empezar.

Así que empezaré hablando acerca de lo que no puedo compartir con Einstein. No puedo coincidir con sus afirmaciones sobre el libre albedrío y con su acuerdo con la frase de Schopenhauer que cita: “El hombre probablemente puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. Ya sé que este pensamiento es muy frecuente en nuestros días, pero me parece que conduce a un relativismo moral muy poco esperanzador.

El libre albedrío es la potestad de obrar por elección, por una elección personal, sea esa elección claramente reflexiva o puramente intuitiva. La existencia o no del libre albedrío es una cuestión ampliamente debatida a lo largo de toda la Historia de la Filosofía. Es difícil afirmar algo con rotundidad en este sentido, pero yo siento, y subrayo que digo siento, que al menos un margen de libertad es necesario para poder considerarnos humanos. En mi opinión el libre albedrío es una potestad esencial a la condición humana, la que dota al hombre de su dimensión espiritual, la que le hace responsable de sus actos y de su vida entera.

Einstein da muestras de cierta generosidad cuando niega el libre albedrío. Esa negación puede servir para justificar los comportamientos ajenos que no nos satisfacen, pues permite no creer en la maldad humana, al menos en la responsabilidad por el mal. Según esa suposición, las actuaciones de otros, no siempre acordes con lo que debiera ser, estarían determinadas por múltiples condicionantes imposibles de soslayar. Lo único que encuentro interesante en su consideración es que puede hacernos más transigentes con las conductas ajenas, pues hace que nos sintamos menos afectados por lo que de otro modo pudiéramos considerar traiciones u ofensas. Y también podría ser útil para aprender a no juzgar y condenar con la alegría que solemos los comportamientos ajenos. Pero nada más.

La frase de Schopenhauer ataca directamente el núcleo de lo que para mí es la esencia del yo, el corazón del sujeto. Si me paro a pensar un poco ahora mismo, diría que siento de un modo bastante preciso que lo que quiero es por mí misma, por encima incluso de los condicionantes internos y externos que parecen dominar mi deseo. Desde mi punto de vista, el yo, lo que me hace sentirme a mí misma como sujeto y por lo tanto lo que me da identidad como ser humano, no es solo la capacidad de la autoconciencia (es decir, de darnos cuenta de lo que está pasando por nuestra mente), sino que también es, y de modo esencial, la capacidad de la voluntad, la libre capacidad de querer. Otra cosa es que en función de las circunstancias que rodean nuestra vida actuemos según lo que queremos o no lo hagamos.

Es decir, la creencia o no en el libre albedrío se sustenta en la disyuntiva entre si mis deseos son míos (de mi propio yo, por decirlo de alguna manera) y obro según ellos, o si vienen determinados por fuerzas que no puedo controlar, bien sean internas (las del inconsciente) o externas (las del entorno en el que vivo). Sin que pretenda negar la importancia de estas fuerzas (entre otras cosas porque gracias a la lucha con ellas se construye nuestra propia identidad), para mí el yo es voluntad y esa voluntad presupone la autoconciencia. Creo que precisamente la facultad volitiva es lo que nos hace humanos. Nuestra esencia como humanos consiste en hacernos a nosotros mismos. Sin esa posibilidad de ir desarrollándonos a lo largo de toda nuestra vida, en un ejercicio constante de libertad ejercitado en cada uno de nuestros pensamientos y actitudes cotidianas, la libertad en el obrar queda únicamente reducida a una mera cuestión formal, a la aparente posibilidad de hacer una u otra cosa, pero sin que sea yo verdaderamente el que en realidad elige.

Soy consciente, como es natural, de que hay muchas cosas que están mucho más allá de mi control, que no ocurren como consecuencia de mis actos ni de mi voluntad, pero que pueden cambiar mi vida de repente, aunque yo no sea en absoluto responsable moral de ellas. Aun así, tiendo a pensar que suceden por el ejercicio de otra libertad de orden superior a la mía que desconozco, llamémosle Naturaleza, Dios, o como queramos. Pero, sea como fuere, es la Libertad la que está detrás de todo cambio, de todo acontecimiento, de toda vida. Quizá eso es en esencia el espíritu: lo que permite el cambio, lo que permite la vida. Pues está vivo lo que cambia y es inerte lo que no se mueve, y para que algo verdaderamente cambie debe suceder en espacios llenos de posibilidades, con un margen de libertad que permita ir más allá.

Con la perspectiva que me da la vida a estas alturas y particularmente por mi gusto por la contemplación de lo que me rodea y por la reflexión acerca de los aconteceres cotidianos y los comportamientos de las gentes, pienso que somos libres para elegir, si no en todos, sí en muchos aspectos de nuestra vida. Incluso aunque nos toquen circunstancias muy duras, momentos muy difíciles, de los que no tenemos responsabilidad ni culpa alguna y que no alcanzamos a entender a qué se deben ni por qué nos suceden a nosotros. Nuestra forma de enfrentarnos a ellos es el resultado de un acto de libertad.

Por eso también creo que cada uno de nosotros somos responsables de la vida que tenemos y que de un modo u otro hemos elegido, por acción o por omisión. No podemos estar siempre quejándonos de nuestra suerte. Creo que la forma en la que cada uno vive su vida está por encima de las circunstancias que le suceden, incluso por encima de las circunstancias más desfavorables. Por lo menos hasta cierto punto, hasta el punto en el que uno puede tener fuerzas para imponerse y luchar por su felicidad. Como mucho podría llegar a pensar que no todos los humanos puedan gozar de igual modo de esta capacidad, pues no todos han tenido la posibilidad de desarrollar la libre voluntad; probablemente exige cierta madurez, cierta superación de los condicionantes que la naturaleza ha impuesto sobre cada uno de nosotros, es decir, exige formación, aprendizaje, en definitiva, educación (no en el sentido de conocimientos intelectuales, sino en el sentido clásico de formación para la vida, cosa que existe en culturas muy distintas, incluso alejadas de lo que usualmente conocemos como mundo desarrollado). Y lamentablemente no todos los humanos tienen las mismas posibilidades o el mismo ímpetu para hacerlo.

Negar el libre albedrío es equivalente a negar toda posibilidad de conducta moral, toda responsabilidad sobre nuestro comportamiento con los demás. En realidad, sé muy bien que no podemos controlar nuestra existencia sino en una parte muy pequeña y que las circunstancias externas e incluso internas condicionan nuestra vida muchísimo más de lo que nos gustaría admitir. Pero creo que tenemos un importante grado de libertad en tanto humanos, y un margen abierto de posibilidades que se abren constantemente en nuestra vida cotidiana, entre las que optamos una y otra vez sin apenas pararnos a pensar. Con frecuencia nos encontramos ante situaciones que no permiten mucho tiempo para la reflexión, que exigen una actuación inmediata. Entonces actuamos guiados por un impulso, por lo que llamamos nuestra manera de ser. Lo que digo es que esa manera de ser y esa actuación inmediata según la manera de ser de cada uno es el resultado de muchas circunstancias anteriores, de muchas elecciones guiadas por la reflexión o por la intuición. Quizá la mayoría de ellas pertenezcan a la vida del inconsciente, pero hay otras muchas de las que deberíamos ser plenamente conscientes y que deberían significar un ejercicio de libertad ante la vida.

Es evidente que las condiciones de nuestro nacimiento (sexo, época, lugar, posición social), nuestro temperamento derivado hasta de nuestra propia constitución física, la ocupación a la que nos dedicamos, el carácter que hemos ido conformando por el cúmulo de experiencias a lo largo de la vida, todo ello va a influir notablemente a la hora de actuar de un modo u otro ante una determinada circunstancia, va a inducirnos a elegir en uno u otro sentido, va a propiciar que prefiramos esto o aquello. Pero nada más. No hay nada definitivo. En realidad nuestro carácter se va formando también con cada elección, en cada experiencia, pues es algo dinámico que se va modulando y moldeando a lo largo de toda la existencia, sin límite de edad. Aunque es más sencillo modular el carácter en la infancia y en la juventud, creo yo, con los griegos clásicos, que en tanto estemos vivos y conscientes podemos cambiar y evolucionar, podemos modificar incluso nuestros gustos. Siempre es posible aprender, siempre es posible mejorar (o empeorar, desde luego). Somos libres para ello, aunque muchos lo ignoren y prefieran tener una vida de inercia y de espaldas a la luz.

El hombre, creo yo, es esencialmente libre y eso quiere decir que, a pesar de todos los condicionantes que se presentan en su vida, tiene capacidad para obrar según su voluntad, es decir, según lo que quiere, según lo que desea. Sin ir más lejos, si me paro a pensar, ahora mismo podría hacer o decir un número muy elevado de cosas bien distintas. Puedo elegir, dentro de unos márgenes y en ciertos aspectos concretos. Y elijo según mi voluntad; soy libre para decidir y para actuar conforme a lo que decido, incluso para no actuar en absoluto. Y por eso soy responsable de mi elección.

Pero para hacer uso verdaderamente de mi libertad es necesario saber claramente qué quiero. Sólo así podré actuar conforme a lo que quiero. Y me temo que no todo el mundo sabe lo que quiere, ni todos sabemos en todo momento lo que de verdad queremos. Con frecuencia nos dejamos llevar por fantasías o por la satisfacción del deseo inmediato, como hacen los niños, confundiendo ese deseo a corto plazo con lo que en realidad se quiere. Y para nuestra desgracia, muchas veces ambos deseos no actúan en el mismo sentido, sino que cada uno de ellos implica acciones que conducen a caminos radicalmente opuestos: al actuar según uno abandonamos, muchas veces para siempre, el otro. Y así vamos viviendo como podemos, con mayor o menor fortuna. Pero no vendría mal intentar contestarnos con sinceridad: ¿Cuándo actuamos lo hacemos verdaderamente siguiendo nuestra libre voluntad, de acuerdo con lo que queremos, o muchas veces lo hacemos dejándonos llevar por multitud de condicionantes que van en contra de lo que queríamos, por la facilidad, por la presión ambiental, por no oponernos? ¿Cuántas veces hacemos cosas que transcurren por el camino opuesto a nuestros deseos y llegamos a confundirnos y a creer que era eso lo que queríamos? No es extraño entonces que intentemos buscar explicaciones en la ausencia del libre albedrío, en un determinismo que explicaría la conducta humana: así nos reconciliamos con nosotros mismos.

Lo cierto es que la afirmación contundente que hace Einstein sobre su no creencia, con Schopenhauer, en el libre albedrío es una conclusión que se deriva de una premisa determinista, de su pleno convencimiento de que nada sucede porque sí, sino que todo lo que ocurre en el mundo, incluido nuestro comportamiento, es consecuencia de un conjunto de causas, de tal modo que solamente sería necesario conocer todas ellas y todas su derivaciones para poder averiguar con total exactitud lo que habrá de acontecer. Así hay que entender la famosa frase de Einstein: “Dios no juega a los dados”. Dios o la Naturaleza (quizá él identifica ambos) conformarían un mundo perfectamente estructurado, cerrado, sin margen para la elección, incluso aunque la capacidad mental del hombre, al ser limitada, no pudiera más que intuir ese orden, lo que Einstein viene a designar como misterio. Como él hoy hay muchos que opinan que no podemos conocer lo que ocurrirá en el futuro simplemente porque desconocemos todas las variables que entran en juego en el sistema, y que solo es cuestión de acumular información para predecir lo que habrá de suceder, de modo que cuantas más variables conozcamos, más cerca estaremos de acertar. En ese mundo no habría margen para el azar ni para la libertad individual. Eso significaría que con nuestra conducta, nuestros gustos, nuestras inclinaciones y nuestra forma de ser ocurriría lo mismo: nuestros actos serían el exacto resultado de todas nuestras circunstancias, lo cual implicaría que en realidad no seríamos éticamente responsables de nada.

Estamos acostumbrados ahora a buscar explicaciones a todo, a encontrar causas, a derivar unos acontecimientos de otros. “Todo tiene su lógica”, pensamos. Nos vemos ya muy razonables, muy científicos. ¡Menuda diferencia respecto a las épocas antiguas, cuando se creía en brujos, en poderes ocultos o en intervenciones sobrenaturales! ¡Qué avanzados estamos ahora que ya no necesitamos, como nuestros abuelos, recurrir al mito o a la fábula para explicar lo inexplicable! Esto nos produce cierta tranquilidad y nos da cierto sosiego ante la incertidumbre de la existencia. Incluso nos permite buscar responsables y echarles la culpa de todas las desgracias que nos suceden. Así que no es extraño que mucha gente coincida con Einstein y, mejor, con Schopenhauer en la negación de la posibilidad de elección, en la negación del libre albedrío. Si estoy en tal o cual estado de ánimo... será porque tiene que ser así (piensan los que confían que la voluntad de un ser superior interfiere en la más pequeño de los aconteceres terrenales) o ... será porque vaya usted a saber qué neurotransmisores se han colapsado y no llegan bien las señales a mi cerebro (piensan los que, siguiendo criterios mecanicistas, creen que todo se explica como si nuestra mente fuera algo así como una maquinita mejor o peor organizadas, de mejor o peor calidad, que se estropean o que se van deteriorando con el tiempo).

Pero si nos detenemos un poco más, si nos despojamos de los prejuicios del cientificismo que nublan la mente en ocasiones, puede que caigamos en la cuenta de que todas estas razones que quieren explicar nuestros gustos, que pretenden dar razón de nuestros miedos y de nuestros deseos y que están decididas a justificar nuestros comportamientos mediante explicaciones químicas o físicas, por la activación de tal o cual conexión neuronal, no dejan de ser, en cierto modo, una creencia más, una creencia apropiada para una concepción positivista o materialista del mundo (digo materialista en el sentido filosófico) ya un poco desfasada, más acorde con los fundamentos científicos de finales del siglo XIX que con los de nuestra propia época. En realidad llamamos científicas a conclusiones que simplemente se han mostrado útiles, a las que se ha llegado de un modo empírico mediante el procedimiento de prueba error, pero que no se preocupan demasiado por buscar las causas últimas o que dan por sentadas ciertas cosas que en realidad nadie ha demostrado todavía con carácter concluyente.

¿De verdad alguien puede afirmar que si deseo esto o aquello, o si no puedo soportar tal o cual situación es porque me sobra o me falta una sustancia responsable de la calidad de una conexión neuronal concreta? No digo que no sea así, porque es un tema que conozco poco, pero en todo caso yo daría la vuelta al argumento y preferiría pensar que soy yo, con mi libre voluntad para elegir, gracias a la experiencia acumulada a lo largo de mi vida, quien opta. Para llevar a cabo mi opción genero o refuerzo unos u otros enlaces neuronales. Y lo hago sin tener en absoluto conciencia de ello, pero de un modo dinámico, de forma que mi cerebro se va modulando constantemente, al servicio de mi mente. Para permitirlo están los impulso eléctricos que establecen la comunicación entre las neuronas y las sustancias químicas que genera mi organismo o cualquier otra estructura o función que todavía no conocemos con precisión. (Claro que no estoy hablando de casos de enfermedad física cerebral). Ahora los neurólogos tienden a considerar que el cerebro se va modulando constantemente a lo largo de la vida (es lo que llaman neuroplasticidad), a diferencia de la concepción estática del que prevalecía hasta casi finales del siglo XX, cuando se consideraba que las neuronas se morían y eran irreemplazables y que nuestra mente adulta tenía poca capacidad para el aprendizaje y la transformación. Así que de algún modo los avances neurocientíficos nos sitúan mucho más cerca de concluir que somos libres para querer, es decir, que la voluntad libre es la que dirige todo.

Sería ilusorio pensar que somos libres para todo, y sé que nos suceden cosas terribles sin que tengamos responsabilidad alguna, sé que en muchas ocasiones debemos callar lo que pensamos y en otras debemos hacer lo que no queremos o dejar de hacer lo que anhelamos. Sé también que el azar o una voluntad superior que desconocemos nos lleva por caminos agradables o desagradables, con independencia de nuestra voluntad. Pero creo que nuestra actuación frente a lo que nos sucede, nuestra elección, bien tras la reflexión concienzuda o bien por pura intuición, sí es de nuestra entera responsabilidad. Seguramente los humanos somos esencialmente incapaces de valorar todo lo que se derivará de lo que nos acontece, que no podemos conocer sino a posteriori el alcance positivo o negativo de muchas de las cosas que nos ocurren y que presumíamos venturosas o absolutamente desgraciadas.

Pero siento que si quiero encontrar algún sentido a mi vida no puedo creer en un determinismo negador de la libertad. De lo contrario sería tanto como negar la propia particularidad de cada uno de nosotros, mi identidad, mi yo personal. Estaríamos tan condicionados por nuestras circunstancias pasadas y presentes que no podríamos elegir nada, no podríamos querer nada ni hacer nada que no estuviera previamente determinado. No quedaría otra opción que el nihilismo. ¡Me horroriza incluso pensarlo! ¡Qué pena de vida sería ésta si no pudiéramos elegir nada! ¡Y qué aburrida! Lamentablemente me parece que es un pensamiento muy frecuente en los últimos tiempos.

Ser libre significa actuar conforme los dictados de la conciencia, distinguir entre lo que se quiere en un momento preciso y lo que verdaderamente se desea, significa muchas veces estar por encima de las presiones del medio que nos rodea, estar dispuesto a perder ciertos beneficios por mantener la libertad, incluso ir más allá de las cortapisas que los instintos nos ponen en muchas ocasiones. Y ser libre también significar saber obedecer a quien se debe y saber respetar a quien se lo merece. Con todo esto no quiero decir que yo haya actuado siempre según esos principios esenciales de libertad, pues muchas veces habré preferido seguir el camino trazado sin cuestionarme hasta dónde me conducía, por pura comodidad. Pero no pretendo aquí dar lecciones de moral.

Para concluir, creo firmemente que si somos humanos poseemos el inapreciable don de la libre voluntad. Sólo tenemos que desarrollarlo. Aunque sé que la libertad no es fácil. Me gusta entender el mito de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso en ese sentido: al morder el fruto del Árbol de la Ciencia, el fruto prohibido que pertenecía a los dioses y que tiene que ver con el conocimiento, con la autoconciencia, surge en realidad el hombre: los humanos pierden la inocencia primigenia, aprenden a distinguir el Bien y el Mal. Son expulsados del Paraíso en el que vivían con la alegría del que nada sabe. De repente comprueban su desnudez y se turban ante su ignorancia. Es decir, son libres, libres para elegir, libres para vivir, libres para confundirse. Y comienza el sufrimiento para todo el género humano. Y también su magnífica expresión.

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Cuestiones de fundamento (I): El credo de Einstein




Nos pasan cosas en la vida que rompen nuestra aparente monotonía. Unas buenas y otras malas. Cuando la vorágine de los acontecimientos solo nos permite actuar no es tiempo para el pensamiento. El tiempo para el pensamiento viene luego. Hay veces, en las tempestades, que solo tenemos fuerzas para agarrarnos con firmeza al timón y así conseguir mantener el rumbo, con todos sus vaivenes, con todas sus oscilaciones. Para sobrevivir. Luego debemos asumir que el escenario ha cambiado. El edificio de la existencia es poderoso, pero quebradizo. Un viento fuerte, inesperado, puede derribarlo de repente. Necesitamos más tarde, yo al menos necesito, recomponer el tablero con las piezas que aún permanecen erguidas, enrocadas unas, desplegadas las otras, pero dispuestas a seguir enfrentando la partida de la vida. Siento entonces, ahora, que lo que creía mis fundamentos deben ser revisados, retirados unos, apuntalados otros, o asentados más profundamente aquellos que verdaderamente me han demostrado que forman parte esencial de mi existencia.

El comienzo de un año no es una fecha significativa en el devenir de los acontecimientos. Es un punto más en un círculo que vuelve sobre sí mismo, abriéndose o cerrándose según se mire. Es un instante tan importante como cualquier otro, tan eterno como cualquier otro. En sí mismo contiene, como los demás instantes, todos los momentos anteriores y posteriores de la existencia. Pero, sea por convención o sea porque hay algún punto privilegiado en el Calendario de la Historia del Mundo, lo cierto es que solemos reflexionar un poco más durante estos días, solemos desear cosas para los que amamos, solemos tener presente el pasado y el futuro con mucha más intensidad que durante los tiempos de la vida cotidiana. Seguramente por eso pienso ahora, escribo ahora.

Las preguntas fundamentales vuelven de nuevo, una y otra vez. Como siempre. Ahora pretendo no engañarme, no echar paladas de tierra intelectual para ahogar los sentimientos que me ahogan. A solas, contemplando, sintiendo, recordando, me doy cuenta de que desde hace ya una larga temporada he vuelto a preguntarme sobre las cosas en las que yo verdaderamente creo. No me refiero a las ideas vagas, a las opiniones ejercidas sin demasiado convencimiento. Hablo de mis creencias, de mis verdades, si acaso las tengo. Me responde la duda, el escepticismo, si sigo el diálogo de la razón. Pero su respuesta me deja sola, abandonada, y me inunda el miedo. Así que miro para el otro lado y tiendo a escuchar solamente los sonidos de mi corazón. Y compruebo que me reconforta oír de nuevo los ecos de mi infancia: me iluminan, me permiten caminar. Pero un poco más tarde comprendo que es necesario intentar razonar un poco, que no puedo conformarme con un edificio construido en el aire sobre el territorio de las vaguedades, pues conozco que esas creaciones se puede derrumbar al menor soplo de un viento huracanado. Sé que, aunque el razonamiento no me lleve a ninguna conclusión, el hecho mismo de razonar o de preguntarme, ya me reconforta de algún modo.

Creer es más profundo que opinar. Pero ¿en qué creo yo? Me he dado cuenta de que no me resulta nada fácil hablar con claridad sobre cuáles son mis creencias, cuáles son mis valores. Y eso que ya no soy joven (o quizá por eso, porque ya no soy joven). No sé si eso se debe a que a estas alturas pocas de mis ideas son verdaderamente firmes, pues la mayor parte de ellas están dispuestas a ser cuestionadas una y otra vez, o a que en realidad me parece que cualquier cosa que se afirma sin matizarla suele ser equivocada. Probablemente algunos de los que me conocen dirían de mí que soy de esas personas que tienen las ideas claras y que las defienden en cuanto tienen oportunidad de hacerlo; pero en realidad si afirmo algo con firmeza es porque me gusta que quienes hablan expliquen de verdad sus pensamientos, que sean sinceros cuando formulan sus opiniones, que sean sus propias ideas las que defienden, no aquellas esquematizadas en forma de consignas que forman parte del grupo al que sienten que pertenecen o las que fueron formuladas por tal o cual señor de quien recuerdan con precisión sus palabras, pero de quien no interiorizaron en absoluto la profundidad de su pensamiento. Quizá por eso me gustan las personas que son capaces de oír puntos de vista distintos a los suyos y de rebatirlos, que defienden lo que sienten y lo que creen, pero que no tienen miedo de escuchar otros planteamientos e incluso están dispuestos a cambiarlos. Seguramente por todo eso tiendo a emplear cierta contundencia en la argumentación. Con sinceridad, creo que si lo hago es porque deseo que quienes se oponen a lo que pienso lo hagan con razones que puedan convencerme. Y desde luego yo también pretendo convencer cuando siento que mi opinión es firme, cuando es algo más que una opinión dicha sin haber pensado mucho, cuando me parece que ha alcanzado cierta categoría de creencia. De creencia, digo, sabiendo que es algo que ni puede ser defendido con la maquinaria de la lógica, ni puede ser impuesto a los demás, algo que en realidad ni siquiera se puede discutir, sólo sentir.

Quizá por todo eso me ha parecido que podía apoyarme en un sencillo texto de Albert Einstein que leí hace tiempo por casualidad en el que intenta exponer sus convicciones de forma escueta, como si se tratase de un credo. Fue escrito para una conferencia que pronunció ante la Liga Alemana de los Derechos Humanos en el año 1932 y suele ser conocido como “El credo de Einstein”. Se trata de una breve declaración sobre lo que constituía la base de sus creencias, no solo las de orden religioso, sino también las que atañen a la ética y a sus relaciones con los demás. Conviene recordar que, como buen físico, Einstein no quiso limitarse a las conclusiones científicas, sino que siempre deseó trascenderlas, siempre se interesó, como los clásicos, por las cuestiones de meta-física. Así que os invito a leerlo. He hecho la traducción, a trancas y barrancas y con alguna ayuda, intentando buscar el sentido de las palabras en el idioma original para evitar las distorsiones del pensamiento que suelen ser habituales en cualquier traducción; por eso pido disculpas si suena dura en español y ruego que me señaléis cualquier cosa que os parezca errónea o mejorable.


“Pertenecer al grupo de personas que pueden y saben dedicar sus mejores energías a la contemplación e investigación de cosas objetivas e intemporales supone un privilegio especial. Qué satisfecho y agradecido estoy de haber llegado a ser partícipe de este privilegio, el cual otorga una amplia independencia respecto al destino personal y al comportamiento de las personas que nos rodean. Pero esta independencia no puede volvernos ciegos al reconocimiento de los deberes que continuamente nos ligan al pasado, presente y futuro del género humano.


Parece extraña nuestra situación sobre la Tierra. Cada uno de nosotros aparece aquí, involuntariamente y sin haber sido invitado, para una breve estancia, sin saber por qué ni para qué. En la vida cotidiana sentimos sólo que el hombre está aquí en razón de los demás, nuestros semejantes, de aquellos a los que amamos y de tantos otros a cuya suerte estamos ligados.


A menudo me agobia el pensamiento de en qué medida mi vida está construida a partir del trabajo de mis congéneres, y sé cuánto les debo.


No creo en el libre albedrío. La frase de Schopenhauer, “El hombre probablemente puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”, me acompaña en todas las circunstancias de mi vida y me reconcilia con las acciones de los hombres, incluso cuando son bastante dolorosas para mí. Esta toma de conciencia de la carencia de libre albedrío me protege de tomar demasiado en serio, a mí mismo y a mis congéneres, en cuanto individuos que actúan y juzgan, y de perder el buen humor.


Nunca he aspirado al lujo ni a la opulencia, y hasta tengo una buena dosis de desprecio por ellos. Mi pasión por la justicia social me ha ocasionado a menudo conflictos con los hombres, lo mismo que mi aversión a cualquier obligación y dependencia que no me parezcan absolutamente necesarias.


Tengo siempre una alta consideración por el individuo y abrigo una insuperable animadversión hacia la violencia y hacia la conducta gregaria. Por todos estos motivos soy un apasionado pacifista y antimilitarista, y rechazo cualquier nacionalismo, aun cuando se comporte solamente como patriotismo.


Los privilegios que surgen de la posición y del patrimonio me han parecido siempre injustos y perniciosos, de igual modo que un exagerado culto a la personalidad. Me declaro partidario del ideal de la democracia, a pesar de que conozco plenamente los inconvenientes de la forma de estado democrática. La equidad social y la protección económica del individuo me han parecido siempre los objetivos importantes de la comunidad estatal.


Yo soy ciertamente en la vida cotidiana el típico carruaje de un solo caballo, pero la conciencia de pertenecer a la comunidad invisible de aquellos que aspiran a la Verdad, a la Belleza y a la Justicia no ha permitido que surja en mí la sensación de aislamiento.


Lo más bello y lo más profundo que un hombre puede experimentar es la sensación de lo misterioso. Ello fundamenta la religión, así como todas las aspiraciones más profundas en el arte y en la ciencia. Quien no haya experimentado esto me parece a mí, si no muerto, sí al menos ciego. Sentir que detrás de lo tangible está oculto un algo, lo inasequible para nuestra mente, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente y en un tenue reflejo: esto es religiosidad. En este sentido yo soy religioso. Para mí es suficiente vislumbrar admirado estos secretos e intentar captar mentalmente con humildad una pálida imagen de la estructura sublime de los entes.”



Lo que me gusta más de este texto y seguramente por lo que lo he elegido para reflexionar sobre las cosas en las que yo creo es la emoción por el misterio que pone de manifiesto, su profunda perturbación por lo que intuye, oculto, más allá de la apariencia de las cosas, su claro sentimiento acerca de aquello que resulta inasquible a la mente humana, en definitiva, el respeto religioso que siente ante la belleza de lo sublime, que solo puede atisbar por su débil reflejo en el mundo de lo tangible.

Para no hacer una entrada demasiado extensa dejaré para una segunda parte escribir acerca de mis opiniones, hasta qué punto estoy o no de acuerdo con todo lo que Einstein dice. Intentaré entonces exponer con claridad en qué cosas yo verdaderamente creo, cuáles siento de un modo más o menos difuso y cuáles anidan en mi corazón desde siempre escondidas, agazapadas. De momento os invito a una pequeña reflexión.

La primera pregunta

Paul Gauguin, "¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?", "D´où venons-nous? Que sommes-nous? Où allons-nous?", 1897, óleo sobre lienzo, 139 x 375 cm, Boston, Museum of Fine Arts.


Cualquiera de nosotros se ve asaltado en un momento u otro de nuestra vida por las mismas preguntas que han perseguido al ser humano desde que tiene una mínima capacidad para pensar, desde que toma conciencia de sí mismo. Y en eso me parece que no hay diferencias de épocas ni de culturas.

Cuando digo que me gusta la filosofía quiero decir que me interesan todas aquellas viejas cuestiones llamadas trascendentes, aquellas preguntas fundamentales que están por encima de modas y tendencias. Preguntas sobre qué es la materia, sobre el espíritu, sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre la prolongación de la existencia individual más allá de la muerte, sobre las razones de las cosas y sus últimas explicaciones, sobre nuestros deseos y nuestros afanes, sobre el dolor y la angustia, en definitiva, preguntas que nos conducen a la pregunta fundamental sobre la existencia: ¿por qué somos? O dicho de otra manera, ¿por qué existimos cada uno de nosotros?, ¿qué sentido tiene nuestra existencia? ¿Y el mundo?

Todas estas preguntas nos remiten en última instancia a la pregunta primera, a la pregunta por el ser, la pregunta filosófica por excelencia. Formulada en palabras de Heidegger: “¿Por qué es en general el ser y no más bien la nada?” ¿Por qué el ser? ¿Por qué hay cosas, entes, en lugar de haber nada? Podría parecer absurda esta pregunta, pero su absurdo haría también absurdas las demás, las que se refieren a la razón de nuestra existencia, a nuestras dudas sobre si poseemos o no algo espiritual y eterno, a la necesidad de una conducta moral y sus consecuencias. Si lo pensamos un poco más, nos daremos cuenta de que nadie en su vida está libre de la pregunta sobre el ser y de toda la carga emotiva que conlleva. Podríamos incluso decir que en realidad esta pregunta y todas las que dependen de ella constituyen la clave de lo que ha sido la civilización, aún más, nuestro sentido como humanos. El hombre es autoconciencia, el hombre es el ser que se pregunta por el ser.

Heidegger nos recuerda que esta pregunta nos acecha en casi todos los momentos de nuestra vida: nos aborda en la tristeza, cuando las desgracias nos consternan tanto que queremos averiguar cuál es su sentido; pero también está ahí en medio de la mayor alegría, cuando de alguna forma tememos que ese gozo sea algo inmerecido y hasta nos da cierto temor ahogarnos en la felicidad, no fuera a ser solo algo de un momento, un preludio de grandes dolores que habrán de venir; e incluso en mitad del aburrimiento nos asalta con frecuencia, cuando el hastío hace que todo el ser pierda peso a nuestros ojos, cuando no encontramos ningún sentido, nada que nos impulse a la vida, nada por qué luchar. Leamos las palabras de Heidegger:

“¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada? Tal es la pregunta […] Todos, alguna vez o, quizá, hasta con cierta frecuencia, hemos sido rozados por su oculto poder, sin entender con precisión lo que nos ocurría. Emerge, por ejemplo, con motivo de alguna gran desesperación, cuando las cosas pierden todo peso y se oscurece cualquier sentido. Quizá alguna vez golpee como el sordo toque de campana que suena en lo interior y que, poco a poco, se vuelve a extinguir. También en el júbilo del corazón, la pregunta está allí, porque entonces todas las cosas se transforman y se hallan en torno de nosotros como si las viésemos por primera vez; luego, parece que nos sería más fácil de entender que no son, a concebir qué son y que son como son. Asimismo se presenta en el aburrimiento –en el que estamos igualmente lejos de la desesperación y del júbilo– pues el tenaz carácter habitual del ente se torna anodino: nos parece indiferente que sea o no. […]

La pregunta ‘¿por qué es en general el ente y no más bien la nada?’ tiene para nosotros el significado de ser la primera según su dignidad, porque es la más extensa, la más profunda y, finalmente, la más originaria.”
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica, ed. Nova, Buenos Aires, págs. 39 y 40. (Traducción de Emilio Estiu).


Las respuestas a esta pregunta primigenia han sido muchas y de diversa índole. Unas han sido vertidas bajo el velo del mito o el recurso del cuento, otras bajo el reclamo de la fe y la confianza de la religión, y otras también bajo la pretensión de la filosofía y la reducción de la ciencia. Pero lo cierto es que si en algo nos parecemos los humanos, desde los más cultivados hasta aquellos que apenas tienen conocimiento intelectual alguno, es en nuestra esencial inclinación a formularnos los porqués de la existencia. Y tal vez nuestra tragedia es esa condición de humanos, seres bicéfalos que miran para los dos lados, pero que normalmente solo ven el lado de aquí, como si nuestros ojos fueran esencialmente incapaces de percibir lo que tienen delante cuando están girados hacia allá.

En lo que a mí concierne, recuerdo que era muy pequeña cuando me mareaba pensando en lo grande que debía de ser el universo, lleno de estrellas incontables, o intentando imaginarme el infinito o la eternidad. No sé si estas cosas les pasan a todos los niños, pero luego, cuando alguien me empezó a hablar de filosofía, pensé que allí iba a encontrar la explicación de muchas cosas que ya entonces agitaban mi imaginación. Ahora, que ha pasado mucho tiempo desde entonces, no puedo decir que haya encontrado respuesta concluyente alguna, pero sí que la reflexión sobre las preguntas fundamentales por lo menos ha abierto mi mirada.

La filosofía es el intento de hallar una respuesta racional a las cuestiones básicas comunes al género humano. La imposibilidad o la dificultad para encontrar explicaciones claras a la pregunta primera nos han llevado a buscarlas en la religión y también a acercarnos a ellas mediante el arte. La religión es el terreno de las creencias y de las introspecciones, más allá o más acá de la razón. Nos habla de algo que se intuye, pero que estaríamos esencialmente incapacitados para entender, de algo que parece escaparse a los esquemas y categorías del discurso lógico humano. Mediante la religión la colectividad, el grupo, va construyendo un conjunto de respuestas que se transmite culturalmente con la ayuda del mito y de la metáfora. Las respuestas se exteriorizan mediante un corpus de creencias, ritos y plegarias minuciosamente organizado que poseen un alto valor cultural y también vital, pues cumplen una clara función apotropeica. Por eso la religión da respuesta, para muchas personas, a la intuición de la trascendencia y dota de sentido a la existencia individual, a la vez que consolida los lazos espirituales (e incluso materiales) del individuo con el grupo al que pertenece.

Por su parte, el arte se ocupa con frecuencia también de asuntos que podríamos calificar de espirituales y los aborda como reelaborando el mundo, contemplándolo con una peculiar mirada, la mirada del artista, como intentando comprenderlo y también, por eso, dominarlo. A veces el arte está al servicio de una religión y contribuye a explicar sus creencias y a hacer cumplir sus normas morales; en otras ocasiones el arte se somete a intereses ideológicos y propagandísticos; pero otras veces, muchas, el arte es en sí mismo ya una especie de interrogación o de expresión de las inquietudes del ser humano, de las dudas o intuiciones que se remontan, al final, a la pregunta primera, que es recogida por el artista como si de un sumo sacerdote se tratara.

El arte se mueve en el terreno de lo intuido y de lo emotivo. Tiene sus propios modos de conocer, distintos de los de la filosofía o los de la ciencia, diferentes de los de la religión, pero casi siempre se acerca a aquellos asuntos que sacuden el alma humana de todas las épocas, de todas las edades, de todos los ámbitos culturales: la belleza, el amor, la muerte, todo tipo de pasiones, dudas, el bien y el mal, la justicia, cuestiones todas ellas que en última instancia se reducen a la pregunta por el sentido del mundo, a la pregunta por el ser. En el arte grande palpita siempre las preguntas fundamentales, los misterios que todos sentimos, la trascendencia.

Ciertamente el arte no busca una respuesta a las cuestiones de la trascendencia, pero se aproxima a ellas muchas veces, elevando de algún modo el espíritu del hombre que contempla la obra, al margen de que sus ideas sobre la trascendencia sean claramente religiosas, radicalmente ateas o sinceramente agnósticas. ¿Acaso no atisbamos este tipo de preguntas detrás de aquellas manifestaciones del arte que tienen un carácter universal y que consideramos obras maestras porque tratan de los conflictos esenciales al ser humano? Me refiero al arte en sí mismo, no enajenado, al arte que es una construcción humana libre, que no está al servicio del ornamento o de la gloria del poderoso, que trasciende todo carácter utilitario y que solamente pretende expresar sentimientos, emociones, dudas, ideas o valores, el arte que pertenece a la necesidad que el hombre tiene de mostrar mediante un objeto (cualquier objeto del arte, pintura, poema, música, un puente incluso) su alma y sus inquietudes, y dejar hablar a su espíritu cuando no basta ya la palabra.
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El cuadro pintado por Paul Gauguin que encabeza esta entrada es un ejemplo de estas cosas que digo. Representa una especie de paraíso irreal en la que el individuo se pregunta por la razón de la existencia. Es interesante leer la correspondencia del pintor en la que habla del cuadro y de sus sentimientos a la hora de pintarlo: "Paul Gauguin a Monfreid" (Febrero de 1898, Tahití), Escritos de un salvaje, ed. Debate. 1989. Podéis leerla en este enlace.



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