viernes 28 de enero de 2011

Vejez


Hércules contra Geras
Cerámica ática de figuras rojas. Musée du Louvre, Paris


La ancianidad es una edad más bien desprestigiada en esta época en la que nos ha tocado vivir. Y eso que la posibilidad de llegar a cumplir muchos años era algo difícil de soñar no hace tanto. En este mundo que cambia a tanta velocidad  se tiende a pensar que los viejos no tienen nada importante que aportar. Valoramos la juventud, o la apariencia de juventud, y despreciamos cualquier cosa que nos muestre la decrepitud que lleva consigo la edad.  "La vejez es fea y es dura; escondámosla", parece ser el mensaje ético-estético que nos alcanza por todas partes. Y algunos llegan a ser patéticos pretendiendo cumplir esa norma no escrita pero presente en esta sociedad postindustrial en la que vivimos.

Poco queda de aquel dicho que se repetía antes: "más sabe el diablo por viejo que por diablo". Creo que  eso es  porque estamos equivocando dónde reside la verdadera sabiduría y vamos olvidando lo que los seniors pueden hacer por los juniors. Peor para nosotros. El mayor capital que tiene una sociedad es el capital humano y ahora lo desperdiciamos. Es algo que no ha ocurrido nunca en la historia de las civilizaciones. Se ve como trasnochada aquella consideración de que todos los mayores eran "educadores" de todos los jóvenes y que por eso merecían un respeto. No hace tanto cualquier persona mayor podía recriminar el comportamiento de un chaval y pobre de aquél que no atendiera sus  sugerencias".  Pudiera ser que esa falta de prestigio moral que tiene ahora la ancianidad fuera la causa de que pocos ancianos posean aquella dignidad, incluso aquella elegancia natural que recuerdo en muchos de los ancianos de mi infancia, y  de que veamos aquí y allá a personas mayores comportándose como chiquillos caprichosos.

Es cierto que buena parte de las personas, una vez alcanzada cierta edad que ni siquiera es muy grande, parecen negarse a aprender cualquier cosa que les suene a nuevo y cierran sus mentes a todo cambio, como temiendo que ya no sean capaces de asimilarlo. Está extendida la idea de que la edad del aprendizaje acaba con la juventud y pocos saben que la tarea de ir construyendo el alma ocupa la totalidad de nuestra vida. No es extraño, por eso, que ellos mismos y los demás aprecien que sus conocimientos del mundo han quedado desfasados.

Siempre ha habido y siempre habrá viejos maniáticos, egoístas y cascarrabias; pero también los ha habido llenos de esa sabiduría que solo el duro caminar por los surcos que va marcando la vida puede otorgar. Es verdad, no todos llegan a esa edad de Geras del mismo modo. Seguramente depende de cómo se haya vivido, de dónde se hayan puesto las prioridades de la existencia. La vejez es una edad especial de la vida en la que de algún modo se recoge lo bueno y lo malo que hemos ido esparciendo a través de ella. Es la edad para la reflexión, para hacer balance de nuestros aciertos y de nuestros errores. Es la edad de la sabiduría; solo unos pocos la alcanzan, pero al parecer los que lo logran consiguen ser un poco felices.

Os invito a leer un pasaje de la República de Platón en la que se narra la conversación de Sócrates con Céfalo, el anciano amigo que vive en el Pireo y de cuya sabiduría quiere aprender algo. Es muy importante darnos cuenta de que esta sabiduría no tiene nada que ver con la que se obtiene de los estudios de complicadas ciencias ni de la práctica de oficios dificilísimos; se trata de la verdadera sabiduría griega, la sabiduría práctica, la fronesis, esa que solo se obtiene por el hecho de haber vivido, de haber vivido una vida plena y haber reflexionado algo sobre ella con el ánimo de mejorar. Se suele traducir  fronesis por "prudencia", pero esta palabra en nuestra lengua deja de lado muchos matices muy interesantes de la sabiduría práctica griega y, probablemente por haber sido utilizada mucho para describir una virtud cristiana, tiene un significado inmediato que puede llamarnos a engaño. A falta de otra mejor, seguiremos usándola, puesto que no viene mal llamar prudente no al timorato o al que se constriñe por obedecer las reglas sociales de su ambiente, sino a aquél que ha ido acumulando una buena cantidad de vivencias a lo largo de su vida, que ha sido curioso por conocer a los hombres y sus costumbres, a la vez que ha ido reflexionando en un afán constante por conocer el mundo, en realidad, por conocerse a sí mismo, y por obrar justamente. Este sabio-prudente consigue transmitir un poco de sosiego a quienes le rodean. Pero leamos lo que nos cuenta Sócrates de su conversación con Céfalo:


"Y en verdad, Céfalo -dije yo-, me agrada conversar con personas de gran ancianidad; pues me parece necesario informarme de ellos, como de quienes han recorrido por delante un camino por el que quizá también nosotros tengamos que pasar, cuál es él, si áspero y difícil o fácil y expedito. y con gusto oiría de ti qué opinión tienes de esto, puesto que has llegado a aquella edad que los poetas llaman «el umbral de la vejez »: si lo declaras período desgraciado de la vida o cómo lo calificas.

III. -Yo te diré, por Zeus -replicó-, cómo se me muestra, ¡oh, Sócrates!: muchas veces nos reunimos, confirmando el antiguo proverbio, unos cuantos, apróximamente de la misma edad; y entonces la mayor parte de los reunidos se lamentan echando de menos y recordando los placeres juveniles del amor, de la bebida y los banquetes y otras cosas tocantes a esto, y se afligen como si hubieran perdido grandes bienes y como si entonces hubieran vivido bien y ahora ni siquiera viviesen. Algunos se duelen también de los ultrajes que su vejez recibe de sus mismos allegados y sobre ello se extienden en la cantinela de los males que aquélla les causa. y a mí me parece, Sócrates, que éstos inculpan a lo que no es culpable; porque si fuera ésa la causa, yo hubiera sufrido con la vejez lo mismo que ellos, y no menos todos los demás que han llegado a tal edad. Pero lo cierto es que he encontrado a muchos que no se hallaban de tal temple; en una ocasión estaba junto a Sófocles, el poeta, cuando alguien le preguntó:

«¿Qué tal andas, Sófocles, con respecto al amor? ¿Eres capaz todavía de estar con una mujer?». y él repuso: «No me hables, buen hombre; me he librado de él con la mayor satisfacción, como quien escapa de un amo furioso y salvaje ». Entonces me pareció que había hablado bien, y no me lo parece menos ahora; porque, en efecto, con la vejez se produce una gran paz y libertad en lo que respecta a tales cosas.

Cuando afloja y remite la tensión de los deseos, ocurre exactamente lo que Sófocles decía: que nos libramos de muchos y furiosos tiranos. Pero tanto de estas quejas cuanto de las que se refieren a los allegados, no hay más que una causa, y no es, Sócrates, la vejez, sino el carácter de los hombres; pues para los cuerdos y bien humorados, la vejez no es de gran pesadumbre, y al que no lo es, no ya la vejez, ¡oh, Sócrates!, sino la juventud le resulta enojosa.

IV: Admirado yo con lo que él decía, quise que siguiera hablando, y le estimulé diciendo: -Pienso, Céfalo, que los más no habrán de creer estas cosas cuando te las oigan decir, sino que supondrán que tú soportas fácilmente la vejez no por tu carácter, sino por tener gran fortuna; pues dicen que para los ricos hay muchos consuelos.

-Verdad es eso -repuso él-. No las creen, en efecto; y lo que dicen no carece de valor, aunque no tiene tanto como ellos piensan, sino que aquí viene bien el dicho de Temístocles a un ciudadano de Sérifos, que le insultaba diciéndole que su gloria no se la debía a sí mismo, sino a su patria. «Ni yo -replicó- sería renombrado si fuera de Sérifos, ni tú tampoco aun siendo de Atenas » Y a los que sin ser ricos llevan con pena la vejez se les acomoda el mismo razonamiento: que ni el hombre discreto puede soportar fácilmente la vejez en la pobreza, ni el insensato, aun siendo rico, puede estar en ella satisfecho.

-¿Y qué, Céfalo -díjele-, lo que tienes lo has heredado en su mayor parte o es más lo que tú has agregado por ti?

-¿Lo que yo he agregado, Sócrates? -replicó-. En cosas de negocios yo he sido un hombre intermedio entre mi abuelo y mi padre; porque mi abuelo, que llevaba mi mismo nombre, habiendo heredado una fortuna poco más o menos como la que yo tengo hoy, la multiplicó varias veces, y Lisanias, mi padre, la redujo aún a menos de lo que ahora es. Yo me contento con no dejársela a éstos disminuida, sino un poco mayor que la recibí.

-Te lo preguntaba -dije- porque me parecía que no tenías excesivo amor a las riquezas, y esto les ocurre generalmente a los que no las han adquirido por sí mismos, pues los que las han adquirido se pegan a ellas doblemente, con amor como el de los poetas a sus poemas y el de los padres a sus hijos: el mismo afán muestran los enriquecidos en relación con sus riquezas, como por obra propia, y también, igual que los demás, por la utilidad que les procuran. y son hombres de trato difícil porque no se prestan a hablar más que del dinero .

-Dices verdad -aseveró él.

V. -No hay duda -dije yo-; pero contéstame a esto otro. ¿Cuál es la mayor ventaja que, según tú, se saca de tener gran fortuna?

-Es algo -dijo él- de lo que quizá no podría convencer a la mayor parte de las gentes con mis palabras. Porque has de saber, Sócrates -siguió-, que, cuando un hombre empieza a pensar en que va a morir, le entra miedo y preocupación por cosas por las que antes no le entraban, y las fábulas que se cuentan acerca del Hades, de que el que ha delinquido aquí tiene que pagar allí la pena, fábulas hasta entonces tomadas a risa, le trastornan el alma con miedo de que sean verdaderas; y ya por la debilidad de la vejez, ya en razón de estar más cerca del mundo de allá, empieza a verlas con mayor luz. Y se llena con ello de recelo y temor y repasa y examina si ha ofendido a alguien en algo. Y el que halla que ha pecado largamente en su vida se despierta frecuentemente del sueño lleno de pavor, como los niños, y vive en una desgraciada expectación. Pero al que no tiene conciencia de ninguna injusticia le asiste constantemente una grata y perpetua esperanza, bienhechora «nodriza de la vejez», según frase de Píndaro: donosamente, en efecto, dijo aquél, ¡oh, Sócrates!, que al que pasa la vida en justicia y piedad, le acompaña una dulce esperanza animadora del corazón, nodriza de la vejez, que rige, soberana, la mente tornadiza de los mortales .

-En lo que habló con razón y de muy admirable manera. Ahí pongo yo el principal valor de las riquezas, no ya respecto de cualquiera, sino del discreto; pues para no engañar ni mentir, ni aun involuntariamente, y para no estar en deuda de sacrificios con ningún dios ni de dinero con ningún hombre, y partirse así sin miedo al mundo de allá, ayuda no poco la posesión de las riquezas. Tiene también otros muchos provechos; pero, uno por otro, yo sostendría, ¡oh, Sócrates!, que para lo que he dicho es para lo que es más útil la fortuna al hombre sensato. "
Platón, Republica, Libro I

Lo que sorprende de esta conversación es su actualidad, o mejor dicho, su universalidad, con independencia de épocas y de costumbres. Comprendemos que las preocupaciones de los hombres vienen a ser las mismas ahora que las que tenían hace 2.500 años: el futuro, el miedo a la decrepitud, el miedo a la muerte; y de ahí una inquietud por el buen o mal comportamiento. Hay frases memorables, como por ejemplo la que dice que "para los cuerdos y bien humorados, la vejez no es de gran pesadumbre, y al que no lo es, no ya la vejez, ¡oh, Sócrates!, sino la juventud le resulta enojosa". Seguro que todos estaremos de acuerdo, así que no viene mal recordar que una buena parte de la felicidad reside en el buen humor y en la cordura (en términos originales, en estar "cosmetizados" o lo que viene a ser parecido, "armonizados"). Es una buena invitación para ejercitarnos en ambas actitudes.

Cualquiera de nosotros sin haber leído en su vida a Platón, incluso sin haber siquiera oído hablar de él, entiende enseguida ese cambio de actitud, llegada la vejez, respecto a las leyendas sobre el premio y castigo en la vida del más allá (cosas, por cierto, que como vemos no son originales de la religión cristiana). Pero ahora lo que importa no es la pregunta sobre el más allá, que ese es un asunto filosófico y religioso de más envergadura; lo que aquí Céfalo está explicando es cómo la conciencia tranquila sobre el comportamiento de uno a lo largo de la vida proporciona una vejez plácida. Y eso me parece muy importante. Uno habrá podido obrar bien o mal, habrá podido cometer muchos errores, por los que muchas veces habrá pagado; pero es necesario tomar conciencia de ellos, es necesario asumirlos. O sea, asumirse a uno mismo, tal y como se es, no tal y como nos gustaría ser. Pero esto segundo es lo que hacemos con más frecuencia, y casi sin darnos cuenta  intentamos engañarnos, arrojando de la conciencia cualquier cosa en la que nos reconozcamos como "malos". Y eso, al final,  termina haciéndonos muy infelices, al menos a nada que uno tenga cierto sentido del bien moral. Lo que menos importa es engañar a los demás, ofreciéndoles una imagen edulcorada de nosotros, que eso, al fin y al cabo, no suele hacer mal a nadie y además enseguida se nos termina conociendo; se trata de asumir nuestra responsabilidad respecto a lo que somos, respecto a lo que nos ocurre, en lugar de echar la culpa a los demás, a nuestro entorno, a la educación recibida, a..... Solo así será posible intentar mejorar y será posible ser un poco más felices, particularmente en el umbral de la vejez, cuando uno frecuentemente se empieza a preguntar cosas. No es cosa de arrepentimiento pasivo, que eso no tiene salida y no lleva a nada positivo, sino a la amargura y a la imposibilidad de mirar hacia adelante; más bien es cosa de reconocer cuándo hemos actuado por egoísmo, cuando nos hemos aprovechado de los demás, cuándo hemos mentido para nuestro beneficio sin preocuparnos el mal que causamos a otros, cuándo hemos sido injustos. Si en lugar de echar las culpas a los demás de lo que nos pasa, asumiéramos sin temor en dónde nos hemos equivocado, seguramente seríamos más cuerdos y más felices.

Puede que de las palabras de Céfalo nos sorprenda la consideración positiva de la riqueza, particularmente la riqueza heredada, en tanto que proporciona una actitud libérrima ante la vida y permite ese desapego del que carecen los que la han adquirido por su esfuerzo. Los griegos, como es propio de una sociedad de comerciantes, no consideraban injusto el enriquecimiento honesto, ni tampoco creían que fuera innoble el ejercicio de los negocios. Es digna de ser tenida en cuenta la conclusión a la que llega Céfalo de que la riqueza es útil para la vejez, pero no tanto por las comodidades que proporciona en una edad en la que uno es más débil, sino porque evita aprovecharse de los demás, evita ser injusto y favorece el comportamiento propio del hombre sensato, con lo cual se consigue esa tranquilidad espiritual que proporciona calma y paz en la senectud.

En este pequeño texto tenemos un buen ejemplo de lo que era para los griegos la filosofía; un conocimiento práctico y útil para la vida. El afán de conocer, incluso de conocer científica y teóricamente cómo es el mundo, se derivaba de su interés en el ser humano, en su afán por conocer cómo hay que comportarse para obrar conforme a lo que debe ser. ¡Qué lejos estamos ahora de todo eso! Buscamos las claves de nuestra vida en pensamientos exóticos, pagamos las consultas de los psicoterapeutas (o sea, literalmente, los que "curan el alma"), confiamos en fármacos milagrosos capaces de proporcionarnos sosiego y algo de felicidad; pero nos olvidamos de que en nosotros mismos, en nuestra cultura -esa que estamos empeñados en desdeñar- podemos encontrar alguna enseñanza, alguna sabiduría que nos permita disfruta algo de la vida y proporcionar un poco de felicidad a los que nos rodean.

Ya sé que no es nada fácil aprender a vivir con libertad. Pero creo que siempre, por muy mayores que seamos, es necesario seguir aprendiendo, seguir preguntándonos, maravillados, por las cosas más cotidianas de nuestra existencia. Si conservamos la ilusión y la mirada sorprendida de aquellos niños que un día fuimos siempre estaremos vivos, dispuestos a seguir moldeando nuestro corazón para hacerlo poderoso. Porque  el verdadero poder reside en el corazón atento. No podemos ser tan rígidos, con nuestros valores tan inquebrantables y bien organizados como esas piedras que ante la menor ventisca se desprenden de la roca o se resquebrajan en mil pedazos en el momento en el que se produce un cambio brusco de temperatura; pero no podemos ser tan poco consistentes, tan poco sólidos, que la menor ráfaga de aire nos lleve de  aquí para allá sin saber nunca quienes somos. No viene nada mal ser humildes a la hora de aprender algo, porque todo aprendizaje exige una desprendimiento. Viene bien recoger lo que otros cuentan y hacerlo nuestro, confrontándonos con sus ideas y con sus  valores, comprendiendo que en realidad no sabemos apenas nada. Aunque también es verdad que los espíritus libres suelen crear dificultades y no conviene olvidar que Sócrates fue obligado a tomar cicuta.

sábado 1 de enero de 2011

Luz de luna

Hace mucho que no escribo. Pero hoy quiero volver a la música para encontrarme:

 

Beethoven, Sonata op. 27, nº 2, Claro de Luna, 1er movimiento. Interpretada por

Me duele, pero la herida si sangra puede cicatrizar. Cada nota, cada frase se esconde en mi memoria con el eco del tiempo que fue. Y con la esperanza confiada de que retorne. Me acarica suavemente una presencia que me inunda más allá de la palabra.


Os deseo lo mejor para el año que empieza. Que los hilos de esa Luna que sabe de nostalgias se depositen en nuestra mirada para que a través del nebuloso continuo que estremece el silencio seamos capaces de escuchar la belleza de ese claroscuro que anuncia la formas más puras de la esperanza.

miércoles 12 de mayo de 2010

Gramática sentimental

La música está hecha a partir de los sonidos. Bien lo sabemos. Pero no es una yuxtaposición cualquiera de sonidos lo que constituye el lenguaje de la música, lo que hace que nos transmita una u otra emoción, un significado.

Existe una gramática bien estructurada de la que los oyentes no somos conscientes, pero que conocemos perfectamente y participamos de ella cuando escuchamos música. Por eso sabemos que ésta es alegre o que aquel pasaje es extremadamente melancólico, y nos contagiamos con facilidad de su tono afectivo. Esa gramática musical compleja ha sido construida a lo largo de toda una cultura. Cuando falla, cuando una música se compone sin arreglo a ese sustrato previo -bien sea por desconocimiento del compositor, bien porque haya fracasado en la búsqueda de nuevas formas de expresión- nos encontramos con el vacío, con que no entendemos nada.

Con la música viene a suceder algo parecido a lo que ocurre con el lenguaje: alguien sin saber nada de gramática puede hablar con absoluta corrección una lengua, puede ser un gran poeta o puede expresar sus pensamientos o emociones con  viveza y con soltura a través de la palabra. Los hablantes conocen, sin ser para nada conscientes de ello, las reglas gramaticales del lenguaje; los que hacen y oyen música también conocen las reglas y leyes gramaticales de la música. Es decir, la música actúa según unas reglas bien precisas, aunque no necesitemos ser conscientes de ellas. Otra cosa es que los musicólogos investiguen para hallar la compleja estructura gramatical, matemática, que subyace a la música, incluso a la más sencilla de las músicas, lo mismo que los lingüistas hacen lo propio con el lenguaje.

La música nos hace llorar, nos hace amar, nos hace sentir eufóricos o melancólicos. Por eso elegimos. Esta música para cuando salimos de fiesta, esta otra para cuando estoy en la soledad de mi sillón. Ya he hablado antes de esto. También un cuento o un poema nos transmite y nos genera emociones. Pero lo especial de la música, lo que la hace poderosa en el terreno de lo sentimental, es que su actuación sobre nuestro espíritu, e incluso sobre nuestro cuerpo, suele ser inmediata:  no necesita pasar por la criba del pensamiento racional. ¡Cuántos se han sentido entusiasmados con esta o aquella canción cantada en inglés sin saber absolutamente nada de ese idioma! Es que, a diferencia del lenguaje, el contenido de la música no pertenece al territorio de lo racional; pertenece al paisaje de lo visceral, de lo emotivo, de lo sentimental. Llega allí y se queda, nos mueve, nos induce sentimientos y pasiones. La palabra transmite una idea, un contenido mental, racional, consciente; ese contenido puede ser o no de índole sentimental, pero es necesario comprender para que actúe sobre nuestro ánimo. Dejemos aparte el asunto de la poesía y de la prosodia, donde la música está tejida con la palabra.

Y, ¿por qué? Nos gusta saber por qué ocurren las cosas.

Parece ser que la música es anterior al lenguaje. En la evolución de los hombres debió de surgir antes la música que la palabra. Es lógico pensar que fuera así, pues ya los animales se expresan y se "comunican" mediante el sonido, algunas veces de un modo tan elaborado que nos parece un verdadero canto. El niño que acaba de nacer, cuando no conoce la palabra, cuando no tiene siquiera habilidad para el gesto, también utiliza el sonido, un sonido rudimentario, para expresar sus incomodidades, sus miedos y hasta sus satisfacciones. Al intentar hablar empieza imitando la "prosodia" de la palabra, el ritmo de la frase, es decir, empieza por el lado de la música.  El material sonoro con el que se teje la música -el quejido, el lamento, la risa, el llanto, el grito-  toda esa amplia gama con la que empezaríamos los humanos a comunicarnos y a expresar nuestros sentimientos, nuestras emociones, es anterior a la palabra, que es mucho más abstracta, mucho más simbólica y elaborada (lo que no contradice el hecho de que la música, particularmente lo que se llama música culta, en su desarrollo haya sido capaz de alcanzar un alto nivel de abstracción y complejidad, superior al del discurso hablado).

Este artículo habla brevemente de ello:



Así pues, podríamos decir que la Palabra es hija de la Música. No erraríamos si dijésemos: "Al principio fue la Música". La Música es Todo. Abarca lo sentimental, lo racional y lo suprarracional.  El Verbo, el Logos, la Palabra, pertenecen al ámbito de lo racional, a un hombre ya pleno en su discernimiento, en su voluntad.

No parece difícil pensar que allá en la noche de los tiempos, cuando los humanos empezaran a ser humanos, cuando su sistema de comunicación fuera todavía muy rudimentario, utilizaran el material sonoro con el que contaban para iniciar alguna forma más elaborada de expresión. Sus gritos, sus lamentos, sus risas o sus llantos salían de dentro de su alma y expresaban su ánimo. Todos reconocían su significado. Al mismo tiempo  intentarían imitar la sonoridad del espectáculo de la Naturaleza: el trueno, la lluvia, un rítmico caminar, el mar, el pájaro... Y sin ser conscientes de nada, aquellas formas sonoras se irían transformando en música. El lamento se repetiría del agudo al grave. La repetición se ordenaría en formas de ritmo. Empezarían a formarse modelos estructurados, formas y estilos para cada cosa, y empezaría la comunidad a establecer qué se cantaba y qué se bailaba en tal o cual ocasión. Al fin y al cabo una forma de dar cauce a las emociones, de transformarlas en sentimientos, de regularlos sublimándolos en arte.

Podemos imaginar que así surgió la música, antes de la palabra, antes, mucho antes de que el pensamiento del hombre alcanzara la lógica del mundo. Seguramente sabrían poco aquellos primeros hombres, pero ya participaban del espíritu de lo humano. Porque si algo es y ha sido humano desde siempre es la necesidad de expresarnos, de salir de nosotros, de comunicar a los demás nuestras emociones y compartir con ellos nuestros sentimientos, en definitiva, sentirnos parte de los demás. Por eso, desde el momento en el que hubo sentimientos, desde el momento en el que la inmediata satisfacción de los sentidos fuera modelándose por la aparición de lo que podríamos llamar "el alma sentimental", es posible hablar de hombres. Probablemente desde ese momento, el hombre tuvo necesidad de expresarse.

Y así surgió la música. No sé si eso sería antes o después de que el Guardián del Fuego creyera tener el poder de la Naturaleza, pero seguramente sería cuando empezaron de algún modo a intuir la idea de Dios, cuando honraron a sus muertos en rituales de esperanza, cuando comenzaron a saber amar, cuando aprendieron a soñar y también a sufrir. O sea, cuando fueron "expulsados" del Paraíso Feliz en el que antes vivían, ocupados sólo de la satisfacción de sus instintos, y evolucionaron hacia el Espíritu del Hombre. Allí, alumbrada por las estrellas de la noche, nació la Música. Y mediante ella aquellos primeros hombres conocieron en el fuego el poder del Sol en la más profunda de las noches. Y  lo celebraron a coro.... Seguramente aún no sabían hablar.

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jueves 1 de abril de 2010

Pasión

Pasión, padecer, ser objeto de algo, más que sujeto activo. No somos responsables de nuestras pasiones. No las elegimos. Ni tampoco de nuestros padeceres. Sufrimos por nuestras pasiones, pero algunas veces disfrutamos gracias a ellas. Sin pasión, a lo que parece, no hay vida, al menos  no parece haber vida humana.

Hoy me he despertado pensando en el significado de la Pasión de Cristo.

Los ritos de muerte y renacimiento de Dios pueden ser rastreados en muchas religiones antiguas, particularemente en las religiones mistéricas. Osiris, el primer Dios circular, muere y vuelve a la vida para civilizar y traer la música a la humanidad. Es decir, es el primer dios que encarna la idea de vida eterna, la necesidad de morir para vivir. En torno a ese mensaje se estructura toda la religión egipcia: las procesiones, los templos, los enterramientos y los ritos funerarios. La identificación de Osiris con Apolo y luego con Cristo fue bastante frecuente en la Antigüedad. No es casualidad que nuestra Semana Santa se celebre aproximadamente en el equinoccio de Primavera. El día empieza a vencer a la noche. Nacimiento después de la muerte. Resurrección.

Pero hay algo, creo, que es diferente en el cristianismo, algo que lo particulariza y hace que esta religión sea más avanzada que las anteriores: la dimensión humana del Dios. Su pasión es un padecimiento humano, incluso con sus flaquezas y desvalimientos. No hay razón, no hay ninguna necesidad de tanto dolor injustificado. Cristo padece la injusticia y la sinrazón de los hombres. No es su muerte el resultado de la envidia de los dioses, como solía en las religiones antiguas. Ahora Dios sale de sí para desenvolverse como hombre y contemplar el mundo desde esta perspectiva. Simplemente se trata de vivir la condición humana, de asumir que el dolor forma parte de la condición humana.  Por eso,  creamos o no creamos en que Cristo es Dios, hijo de Dios, lo cierto es que su pasión, su padecimiento, su humillación y muerte suponen la imagen más humanizada que nunca ha existido de un Dios. Con el Renacimiento, con la Resurrección, Dios volverá a aparecer en su completa dimensión omnipotente. Pero ahora solo me gustaría detenerme un poco en el momento anterior, en el sufrimiento físico y en el dolor emocional provocado por la traición y la injusticia de los hombres.

Quizá por eso podemos pensar que la Pasión de Cristo supone un  punto de ruptura en la Historia de la Religión: es el final de las religiones antiguas y el comienzo de una religión a la medida del hombre, en la que se reconoce el dolor, la culpa, la debilidad y el perdón. Y por primera vez aparece un Dios que ama, que ama a los hombres, al género humano. No es un Dios vengador ni dirigido por el odio. Ahora Dios padece, está en el otro lado: la pasión es la consecuencia del amor.

Por todo esto que he escrito, que más o menos es lo que esta mañana he pensado nada más despertarme, casi entre sueños, he creído comprender por un momento que algún sentido debe de tener el dolor, aunque yo no sea capaz de asimilar exactamente cúal es este sentido. Solo una ligera intuición, ahora que he aprendido que no se puede huir del dolor. Y, aunque no sabría decir por qué, me he sentido un poco más reconfortada. Pasión.

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viernes 12 de febrero de 2010

Cuestiones de fundamentos (II): El libre albedrío


Adán y Eva
(Adam und Eva)
Alberto Durero, 1507
Óleo sobre tabla 
209 cm × 81 y 80 cm
Museo del Prado


Como dije en la entrada anterior voy a ir hablando de unas cuantas cosas en las que me parece que creo. Digo me parece porque soy consciente de que son opiniones nada más y de que algunas están más allá del territorio de la razón y más acá del horizonte de la certeza. No pretenden ser otra cosa que intentos de dar forma a la palabra para mostrar algo de lo que siento, para dar algún eco a esos latidos que sordamente escucho en mi interior de vez en cuando. Por eso me gusta usar la palabra creencias. No me refiero a las creencias religiosas, o al menos no solamente a las creencias religiosas; querría reflexionar acerca de todo ese conjunto de cosas que subyacen a nuestra manera de entender el mundo, seamos o no conscientes de ellas, y que están detrás de nuestra forma de actuar. Me apoyaré en el credo de Einstein cuya traducción puse allí, aunque podría haberlo hecho con otros muchos textos. Es sólo una forma de empezar.

Así que empezaré hablando acerca de lo que no puedo compartir con Einstein. No puedo coincidir con sus afirmaciones sobre el libre albedrío y con su acuerdo con la frase de Schopenhauer que cita: “El hombre probablemente puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. Ya sé que este pensamiento es muy frecuente en nuestros días, pero me parece que conduce a un relativismo moral muy poco esperanzador.

El libre albedrío es la potestad de obrar por elección, por una elección personal, sea esa elección claramente reflexiva o puramente intuitiva. La existencia o no del libre albedrío es una cuestión ampliamente debatida a lo largo de toda la Historia de la Filosofía. Es difícil afirmar algo con rotundidad en este sentido, pero yo siento, y subrayo que digo siento, que al menos un margen de libertad es necesario para poder considerarnos humanos. En mi opinión el libre albedrío es una potestad esencial a la condición humana, la que dota al hombre de su dimensión espiritual, la que le hace responsable de sus actos y de su vida entera.

Einstein da muestras de cierta generosidad cuando niega el libre albedrío. Esa negación puede servir para justificar los comportamientos ajenos que no nos satisfacen, pues permite no creer en la maldad humana, al menos en la responsabilidad por el mal. Según esa suposición, las actuaciones de otros, no siempre acordes con lo que debiera ser, estarían determinadas por múltiples condicionantes imposibles de soslayar. Lo único que encuentro interesante en su consideración es que puede hacernos más transigentes con las conductas ajenas, pues hace que nos sintamos menos afectados por lo que de otro modo pudiéramos considerar traiciones u ofensas. Y también podría ser útil para aprender a no juzgar y condenar con la alegría que solemos los comportamientos ajenos. Pero nada más.

La frase de Schopenhauer ataca directamente el núcleo de lo que para mí es la esencia del yo, el corazón del sujeto. Si me paro a pensar un poco ahora mismo, diría que siento de un modo bastante preciso que lo que quiero es por mí misma, por encima incluso de los condicionantes internos y externos que parecen dominar mi deseo. Desde mi punto de vista, el yo, lo que me hace sentirme a mí misma como sujeto y por lo tanto lo que me da identidad como ser humano, no es solo la capacidad de la autoconciencia (es decir, de darnos cuenta de lo que está pasando por nuestra mente), sino que también es, y de modo esencial, la capacidad de la voluntad, la libre capacidad de querer. Otra cosa es que en función de las circunstancias que rodean nuestra vida actuemos según lo que queremos o no lo hagamos.

Es decir, la creencia o no en el libre albedrío se sustenta en la disyuntiva entre si mis deseos son míos (de mi propio yo, por decirlo de alguna manera) y obro según ellos, o si vienen determinados por fuerzas que no puedo controlar, bien sean internas (las del inconsciente) o externas (las del entorno en el que vivo). Sin que pretenda negar la importancia de estas fuerzas (entre otras cosas porque gracias a la lucha con ellas se construye nuestra propia identidad), para mí el yo es voluntad y esa voluntad presupone la autoconciencia. Creo que precisamente la facultad volitiva es lo que nos hace humanos. Nuestra esencia como humanos consiste en hacernos a nosotros mismos. Sin esa posibilidad de ir desarrollándonos a lo largo de toda nuestra vida, en un ejercicio constante de libertad ejercitado en cada uno de nuestros pensamientos y actitudes cotidianas, la libertad en el obrar queda únicamente reducida a una mera cuestión formal, a la aparente posibilidad de hacer una u otra cosa, pero sin que sea yo verdaderamente el que en realidad elige.

Soy consciente, como es natural, de que hay muchas cosas que están mucho más allá de mi control, que no ocurren como consecuencia de mis actos ni de mi voluntad, pero que pueden cambiar mi vida de repente, aunque yo no sea en absoluto responsable moral de ellas. Aun así, tiendo a pensar que suceden por el ejercicio de otra libertad de orden superior a la mía que desconozco, llamémosle Naturaleza, Dios, o como queramos. Pero, sea como fuere, es la Libertad la que está detrás de todo cambio, de todo acontecimiento, de toda vida. Quizá eso es en esencia el espíritu: lo que permite el cambio, lo que permite la vida. Pues está vivo lo que cambia y es inerte lo que no se mueve, y para que algo verdaderamente cambie debe suceder en espacios llenos de posibilidades, con un margen de libertad que permita ir más allá.

Con la perspectiva que me da la vida a estas alturas y particularmente por mi gusto por la contemplación de lo que me rodea y por la reflexión acerca de los aconteceres cotidianos y los comportamientos de las gentes, pienso que somos libres para elegir, si no en todos, sí en muchos aspectos de nuestra vida. Incluso aunque nos toquen circunstancias muy duras, momentos muy difíciles, de los que no tenemos responsabilidad ni culpa alguna y que no alcanzamos a entender a qué se deben ni por qué nos suceden a nosotros. Nuestra forma de enfrentarnos a ellos es el resultado de un acto de libertad.

Por eso también creo que cada uno de nosotros somos responsables de la vida que tenemos y que de un modo u otro hemos elegido, por acción o por omisión. No podemos estar siempre quejándonos de nuestra suerte. Creo que la forma en la que cada uno vive su vida está por encima de las circunstancias que le suceden, incluso por encima de las circunstancias más desfavorables. Por lo menos hasta cierto punto, hasta el punto en el que uno puede tener fuerzas para imponerse y luchar por su felicidad. Como mucho podría llegar a pensar que no todos los humanos puedan gozar de igual modo de esta capacidad, pues no todos han tenido la posibilidad de desarrollar la libre voluntad; probablemente exige cierta madurez, cierta superación de los condicionantes que la naturaleza ha impuesto sobre cada uno de nosotros, es decir, exige formación, aprendizaje, en definitiva, educación (no en el sentido de conocimientos intelectuales, sino en el sentido clásico de formación para la vida, cosa que existe en culturas muy distintas, incluso alejadas de lo que usualmente conocemos como mundo desarrollado). Y lamentablemente no todos los humanos tienen las mismas posibilidades o el mismo ímpetu para hacerlo.

Negar el libre albedrío es equivalente a negar toda posibilidad de conducta moral, toda responsabilidad sobre nuestro comportamiento con los demás. En realidad, sé muy bien que no podemos controlar nuestra existencia sino en una parte muy pequeña y que las circunstancias externas e incluso internas condicionan nuestra vida muchísimo más de lo que nos gustaría admitir. Pero creo que tenemos un importante grado de libertad en tanto humanos, y un margen abierto de posibilidades que se abren constantemente en nuestra vida cotidiana, entre las que optamos una y otra vez sin apenas pararnos a pensar. Con frecuencia nos encontramos ante situaciones que no permiten mucho tiempo para la reflexión, que exigen una actuación inmediata. Entonces actuamos guiados por un impulso, por lo que llamamos nuestra manera de ser. Lo que digo es que esa manera de ser y esa actuación inmediata según la manera de ser de cada uno es el resultado de muchas circunstancias anteriores, de muchas elecciones guiadas por la reflexión o por la intuición. Quizá la mayoría de ellas pertenezcan a la vida del inconsciente, pero hay otras muchas de las que deberíamos ser plenamente conscientes y que deberían significar un ejercicio de libertad ante la vida.

Es evidente que las condiciones de nuestro nacimiento (sexo, época, lugar, posición social), nuestro temperamento derivado hasta de nuestra propia constitución física, la ocupación a la que nos dedicamos, el carácter que hemos ido conformando por el cúmulo de experiencias a lo largo de la vida, todo ello va a influir notablemente a la hora de actuar de un modo u otro ante una determinada circunstancia, va a inducirnos a elegir en uno u otro sentido, va a propiciar que prefiramos esto o aquello. Pero nada más. No hay nada definitivo. En realidad nuestro carácter se va formando también con cada elección, en cada experiencia, pues es algo dinámico que se va modulando y moldeando a lo largo de toda la existencia, sin límite de edad. Aunque es más sencillo modular el carácter en la infancia y en la juventud, creo yo, con los griegos clásicos, que en tanto estemos vivos y conscientes podemos cambiar y evolucionar, podemos modificar incluso nuestros gustos. Siempre es posible aprender, siempre es posible mejorar (o empeorar, desde luego). Somos libres para ello, aunque muchos lo ignoren y prefieran tener una vida de inercia y de espaldas a la luz.

El hombre, creo yo, es esencialmente libre y eso quiere decir que, a pesar de todos los condicionantes que se presentan en su vida, tiene capacidad para obrar según su voluntad, es decir, según lo que quiere, según lo que desea. Sin ir más lejos, si me paro a pensar, ahora mismo podría hacer o decir un número muy elevado de cosas bien distintas. Puedo elegir, dentro de unos márgenes y en ciertos aspectos concretos. Y elijo según mi voluntad; soy libre para decidir y para actuar conforme a lo que decido, incluso para no actuar en absoluto. Y por eso soy responsable de mi elección.

Pero para hacer uso verdaderamente de mi libertad es necesario saber claramente qué quiero. Sólo así podré actuar conforme a lo que quiero. Y me temo que no todo el mundo sabe lo que quiere, ni todos sabemos en todo momento lo que de verdad queremos. Con frecuencia nos dejamos llevar por fantasías o por la satisfacción del deseo inmediato, como hacen los niños, confundiendo ese deseo a corto plazo con lo que en realidad se quiere. Y para nuestra desgracia, muchas veces ambos deseos no actúan en el mismo sentido, sino que cada uno de ellos implica acciones que conducen a caminos radicalmente opuestos: al actuar según uno abandonamos, muchas veces para siempre, el otro. Y así vamos viviendo como podemos, con mayor o menor fortuna. Pero no vendría mal intentar contestarnos con sinceridad: ¿Cuándo actuamos lo hacemos verdaderamente siguiendo nuestra libre voluntad, de acuerdo con lo que queremos, o muchas veces lo hacemos dejándonos llevar por multitud de condicionantes que van en contra de lo que queríamos, por la facilidad, por la presión ambiental, por no oponernos? ¿Cuántas veces hacemos cosas que transcurren por el camino opuesto a nuestros deseos y llegamos a confundirnos y a creer que era eso lo que queríamos? No es extraño entonces que intentemos buscar explicaciones en la ausencia del libre albedrío, en un determinismo que explicaría la conducta humana: así nos reconciliamos con nosotros mismos.

Lo cierto es que la afirmación contundente que hace Einstein sobre su no creencia, con Schopenhauer, en el libre albedrío es una conclusión que se deriva de una premisa determinista, de su pleno convencimiento de que nada sucede porque sí, sino que todo lo que ocurre en el mundo, incluido nuestro comportamiento, es consecuencia de un conjunto de causas, de tal modo que solamente sería necesario conocer todas ellas y todas su derivaciones para poder averiguar con total exactitud lo que habrá de acontecer. Así hay que entender la famosa frase de Einstein: “Dios no juega a los dados”. Dios o la Naturaleza (quizá él identifica ambos) conformarían un mundo perfectamente estructurado, cerrado, sin margen para la elección, incluso aunque la capacidad mental del hombre, al ser limitada, no pudiera más que intuir ese orden, lo que Einstein viene a designar como misterio. Como él hoy hay muchos que opinan que no podemos conocer lo que ocurrirá en el futuro simplemente porque desconocemos todas las variables que entran en juego en el sistema, y que solo es cuestión de acumular información para predecir lo que habrá de suceder, de modo que cuantas más variables conozcamos, más cerca estaremos de acertar. En ese mundo no habría margen para el azar ni para la libertad individual. Eso significaría que con nuestra conducta, nuestros gustos, nuestras inclinaciones y nuestra forma de ser ocurriría lo mismo: nuestros actos serían el exacto resultado de todas nuestras circunstancias, lo cual implicaría que en realidad no seríamos éticamente responsables de nada.

Estamos acostumbrados ahora a buscar explicaciones a todo, a encontrar causas, a derivar unos acontecimientos de otros. “Todo tiene su lógica”, pensamos. Nos vemos ya muy razonables, muy científicos. ¡Menuda diferencia respecto a las épocas antiguas, cuando se creía en brujos, en poderes ocultos o en intervenciones sobrenaturales! ¡Qué avanzados estamos ahora que ya no necesitamos, como nuestros abuelos, recurrir al mito o a la fábula para explicar lo inexplicable! Esto nos produce cierta tranquilidad y nos da cierto sosiego ante la incertidumbre de la existencia. Incluso nos permite buscar responsables y echarles la culpa de todas las desgracias que nos suceden. Así que no es extraño que mucha gente coincida con Einstein y, mejor, con Schopenhauer en la negación de la posibilidad de elección, en la negación del libre albedrío. Si estoy en tal o cual estado de ánimo... será porque tiene que ser así (piensan los que confían que la voluntad de un ser superior interfiere en la más pequeño de los aconteceres terrenales) o ... será porque vaya usted a saber qué neurotransmisores se han colapsado y no llegan bien las señales a mi cerebro (piensan los que, siguiendo criterios mecanicistas, creen que todo se explica como si nuestra mente fuera algo así como una maquinita mejor o peor organizadas, de mejor o peor calidad, que se estropean o que se van deteriorando con el tiempo).

Pero si nos detenemos un poco más, si nos despojamos de los prejuicios del cientificismo que nublan la mente en ocasiones, puede que caigamos en la cuenta de que todas estas razones que quieren explicar nuestros gustos, que pretenden dar razón de nuestros miedos y de nuestros deseos y que están decididas a justificar nuestros comportamientos mediante explicaciones químicas o físicas, por la activación de tal o cual conexión neuronal, no dejan de ser, en cierto modo, una creencia más, una creencia apropiada para una concepción positivista o materialista del mundo (digo materialista en el sentido filosófico) ya un poco desfasada, más acorde con los fundamentos científicos de finales del siglo XIX que con los de nuestra propia época. En realidad llamamos científicas a conclusiones que simplemente se han mostrado útiles, a las que se ha llegado de un modo empírico mediante el procedimiento de prueba error, pero que no se preocupan demasiado por buscar las causas últimas o que dan por sentadas ciertas cosas que en realidad nadie ha demostrado todavía con carácter concluyente.

¿De verdad alguien puede afirmar que si deseo esto o aquello, o si no puedo soportar tal o cual situación es porque me sobra o me falta una sustancia responsable de la calidad de una conexión neuronal concreta? No digo que no sea así, porque es un tema que conozco poco, pero en todo caso yo daría la vuelta al argumento y preferiría pensar que soy yo, con mi libre voluntad para elegir, gracias a la experiencia acumulada a lo largo de mi vida, quien opta. Para llevar a cabo mi opción genero o refuerzo unos u otros enlaces neuronales. Y lo hago sin tener en absoluto conciencia de ello, pero de un modo dinámico, de forma que mi cerebro se va modulando constantemente, al servicio de mi mente. Para permitirlo están los impulso eléctricos que establecen la comunicación entre las neuronas y las sustancias químicas que genera mi organismo o cualquier otra estructura o función que todavía no conocemos con precisión. (Claro que no estoy hablando de casos de enfermedad física cerebral). Ahora los neurólogos tienden a considerar que el cerebro se va modulando constantemente a lo largo de la vida (es lo que llaman neuroplasticidad), a diferencia de la concepción estática del que prevalecía hasta casi finales del siglo XX, cuando se consideraba que las neuronas se morían y eran irreemplazables y que nuestra mente adulta tenía poca capacidad para el aprendizaje y la transformación. Así que de algún modo los avances neurocientíficos nos sitúan mucho más cerca de concluir que somos libres para querer, es decir, que la voluntad libre es la que dirige todo.

Sería ilusorio pensar que somos libres para todo, y sé que nos suceden cosas terribles sin que tengamos responsabilidad alguna, sé que en muchas ocasiones debemos callar lo que pensamos y en otras debemos hacer lo que no queremos o dejar de hacer lo que anhelamos. Sé también que el azar o una voluntad superior que desconocemos nos lleva por caminos agradables o desagradables, con independencia de nuestra voluntad. Pero creo que nuestra actuación frente a lo que nos sucede, nuestra elección, bien tras la reflexión concienzuda o bien por pura intuición, sí es de nuestra entera responsabilidad. Seguramente los humanos somos esencialmente incapaces de valorar todo lo que se derivará de lo que nos acontece, que no podemos conocer sino a posteriori el alcance positivo o negativo de muchas de las cosas que nos ocurren y que presumíamos venturosas o absolutamente desgraciadas.

Pero siento que si quiero encontrar algún sentido a mi vida no puedo creer en un determinismo negador de la libertad. De lo contrario sería tanto como negar la propia particularidad de cada uno de nosotros, mi identidad, mi yo personal. Estaríamos tan condicionados por nuestras circunstancias pasadas y presentes que no podríamos elegir nada, no podríamos querer nada ni hacer nada que no estuviera previamente determinado. No quedaría otra opción que el nihilismo. ¡Me horroriza incluso pensarlo! ¡Qué pena de vida sería ésta si no pudiéramos elegir nada! ¡Y qué aburrida! Lamentablemente me parece que es un pensamiento muy frecuente en los últimos tiempos.

Ser libre significa actuar conforme los dictados de la conciencia, distinguir entre lo que se quiere en un momento preciso y lo que verdaderamente se desea, significa muchas veces estar por encima de las presiones del medio que nos rodea, estar dispuesto a perder ciertos beneficios por mantener la libertad, incluso ir más allá de las cortapisas que los instintos nos ponen en muchas ocasiones. Y ser libre también significar saber obedecer a quien se debe y saber respetar a quien se lo merece. Con todo esto no quiero decir que yo haya actuado siempre según esos principios esenciales de libertad, pues muchas veces habré preferido seguir el camino trazado sin cuestionarme hasta dónde me conducía, por pura comodidad. Pero no pretendo aquí dar lecciones de moral.

Para concluir, creo firmemente que si somos humanos poseemos el inapreciable don de la libre voluntad. Sólo tenemos que desarrollarlo. Aunque sé que la libertad no es fácil. Me gusta entender el mito de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso en ese sentido: al morder el fruto del Árbol de la Ciencia, el fruto prohibido que pertenecía a los dioses y que tiene que ver con el conocimiento, con la autoconciencia, surge en realidad el hombre: los humanos pierden la inocencia primigenia, aprenden a distinguir el Bien y el Mal. Son expulsados del Paraíso en el que vivían con la alegría del que nada sabe. De repente comprueban su desnudez y se turban ante su ignorancia. Es decir, son libres, libres para elegir, libres para vivir, libres para confundirse. Y comienza el sufrimiento para todo el género humano. Y también su magnífica expresión.

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jueves 7 de enero de 2010

Cuestiones de fundamento (I): El credo de Einstein




Nos pasan cosas en la vida que rompen nuestra aparente monotonía. Unas buenas y otras malas. Cuando la vorágine de los acontecimientos solo nos permite actuar no es tiempo para el pensamiento. El tiempo para el pensamiento viene luego. Hay veces, en las tempestades, que solo tenemos fuerzas para agarrarnos con firmeza al timón y así conseguir mantener el rumbo, con todos sus vaivenes, con todas sus oscilaciones. Para sobrevivir. Luego debemos asumir que el escenario ha cambiado. El edificio de la existencia es poderoso, pero quebradizo. Un viento fuerte, inesperado, puede derribarlo de repente. Necesitamos más tarde, yo al menos necesito, recomponer el tablero con las piezas que aún permanecen erguidas, enrocadas unas, desplegadas las otras, pero dispuestas a seguir enfrentando la partida de la vida. Siento entonces, ahora, que lo que creía mis fundamentos deben ser revisados, retirados unos, apuntalados otros, o asentados más profundamente aquellos que verdaderamente me han demostrado que forman parte esencial de mi existencia.

El comienzo de un año no es una fecha significativa en el devenir de los acontecimientos. Es un punto más en un círculo que vuelve sobre sí mismo, abriéndose o cerrándose según se mire. Es un instante tan importante como cualquier otro, tan eterno como cualquier otro. En sí mismo contiene, como los demás instantes, todos los momentos anteriores y posteriores de la existencia. Pero, sea por convención o sea porque hay algún punto privilegiado en el Calendario de la Historia del Mundo, lo cierto es que solemos reflexionar un poco más durante estos días, solemos desear cosas para los que amamos, solemos tener presente el pasado y el futuro con mucha más intensidad que durante los tiempos de la vida cotidiana. Seguramente por eso pienso ahora, escribo ahora.

Las preguntas fundamentales vuelven de nuevo, una y otra vez. Como siempre. Ahora pretendo no engañarme, no echar paladas de tierra intelectual para ahogar los sentimientos que me ahogan. A solas, contemplando, sintiendo, recordando, me doy cuenta de que desde hace ya una larga temporada he vuelto a preguntarme sobre las cosas en las que yo verdaderamente creo. No me refiero a las ideas vagas, a las opiniones ejercidas sin demasiado convencimiento. Hablo de mis creencias, de mis verdades, si acaso las tengo. Me responde la duda, el escepticismo, si sigo el diálogo de la razón. Pero su respuesta me deja sola, abandonada, y me inunda el miedo. Así que miro para el otro lado y tiendo a escuchar solamente los sonidos de mi corazón. Y compruebo que me reconforta oír de nuevo los ecos de mi infancia: me iluminan, me permiten caminar. Pero un poco más tarde comprendo que es necesario intentar razonar un poco, que no puedo conformarme con un edificio construido en el aire sobre el territorio de las vaguedades, pues conozco que esas creaciones se puede derrumbar al menor soplo de un viento huracanado. Sé que, aunque el razonamiento no me lleve a ninguna conclusión, el hecho mismo de razonar o de preguntarme, ya me reconforta de algún modo.

Creer es más profundo que opinar. Pero ¿en qué creo yo? Me he dado cuenta de que no me resulta nada fácil hablar con claridad sobre cuáles son mis creencias, cuáles son mis valores. Y eso que ya no soy joven (o quizá por eso, porque ya no soy joven). No sé si eso se debe a que a estas alturas pocas de mis ideas son verdaderamente firmes, pues la mayor parte de ellas están dispuestas a ser cuestionadas una y otra vez, o a que en realidad me parece que cualquier cosa que se afirma sin matizarla suele ser equivocada. Probablemente algunos de los que me conocen dirían de mí que soy de esas personas que tienen las ideas claras y que las defienden en cuanto tienen oportunidad de hacerlo; pero en realidad si afirmo algo con firmeza es porque me gusta que quienes hablan expliquen de verdad sus pensamientos, que sean sinceros cuando formulan sus opiniones, que sean sus propias ideas las que defienden, no aquellas esquematizadas en forma de consignas que forman parte del grupo al que sienten que pertenecen o las que fueron formuladas por tal o cual señor de quien recuerdan con precisión sus palabras, pero de quien no interiorizaron en absoluto la profundidad de su pensamiento. Quizá por eso me gustan las personas que son capaces de oír puntos de vista distintos a los suyos y de rebatirlos, que defienden lo que sienten y lo que creen, pero que no tienen miedo de escuchar otros planteamientos e incluso están dispuestos a cambiarlos. Seguramente por todo eso tiendo a emplear cierta contundencia en la argumentación. Con sinceridad, creo que si lo hago es porque deseo que quienes se oponen a lo que pienso lo hagan con razones que puedan convencerme. Y desde luego yo también pretendo convencer cuando siento que mi opinión es firme, cuando es algo más que una opinión dicha sin haber pensado mucho, cuando me parece que ha alcanzado cierta categoría de creencia. De creencia, digo, sabiendo que es algo que ni puede ser defendido con la maquinaria de la lógica, ni puede ser impuesto a los demás, algo que en realidad ni siquiera se puede discutir, sólo sentir.

Quizá por todo eso me ha parecido que podía apoyarme en un sencillo texto de Albert Einstein que leí hace tiempo por casualidad en el que intenta exponer sus convicciones de forma escueta, como si se tratase de un credo. Fue escrito para una conferencia que pronunció ante la Liga Alemana de los Derechos Humanos en el año 1932 y suele ser conocido como “El credo de Einstein”. Se trata de una breve declaración sobre lo que constituía la base de sus creencias, no solo las de orden religioso, sino también las que atañen a la ética y a sus relaciones con los demás. Conviene recordar que, como buen físico, Einstein no quiso limitarse a las conclusiones científicas, sino que siempre deseó trascenderlas, siempre se interesó, como los clásicos, por las cuestiones de meta-física. Así que os invito a leerlo. He hecho la traducción, a trancas y barrancas y con alguna ayuda, intentando buscar el sentido de las palabras en el idioma original para evitar las distorsiones del pensamiento que suelen ser habituales en cualquier traducción; por eso pido disculpas si suena dura en español y ruego que me señaléis cualquier cosa que os parezca errónea o mejorable.


“Pertenecer al grupo de personas que pueden y saben dedicar sus mejores energías a la contemplación e investigación de cosas objetivas e intemporales supone un privilegio especial. Qué satisfecho y agradecido estoy de haber llegado a ser partícipe de este privilegio, el cual otorga una amplia independencia respecto al destino personal y al comportamiento de las personas que nos rodean. Pero esta independencia no puede volvernos ciegos al reconocimiento de los deberes que continuamente nos ligan al pasado, presente y futuro del género humano.


Parece extraña nuestra situación sobre la Tierra. Cada uno de nosotros aparece aquí, involuntariamente y sin haber sido invitado, para una breve estancia, sin saber por qué ni para qué. En la vida cotidiana sentimos sólo que el hombre está aquí en razón de los demás, nuestros semejantes, de aquellos a los que amamos y de tantos otros a cuya suerte estamos ligados.


A menudo me agobia el pensamiento de en qué medida mi vida está construida a partir del trabajo de mis congéneres, y sé cuánto les debo.


No creo en el libre albedrío. La frase de Schopenhauer, “El hombre probablemente puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”, me acompaña en todas las circunstancias de mi vida y me reconcilia con las acciones de los hombres, incluso cuando son bastante dolorosas para mí. Esta toma de conciencia de la carencia de libre albedrío me protege de tomar demasiado en serio, a mí mismo y a mis congéneres, en cuanto individuos que actúan y juzgan, y de perder el buen humor.


Nunca he aspirado al lujo ni a la opulencia, y hasta tengo una buena dosis de desprecio por ellos. Mi pasión por la justicia social me ha ocasionado a menudo conflictos con los hombres, lo mismo que mi aversión a cualquier obligación y dependencia que no me parezcan absolutamente necesarias.


Tengo siempre una alta consideración por el individuo y abrigo una insuperable animadversión hacia la violencia y hacia la conducta gregaria. Por todos estos motivos soy un apasionado pacifista y antimilitarista, y rechazo cualquier nacionalismo, aun cuando se comporte solamente como patriotismo.


Los privilegios que surgen de la posición y del patrimonio me han parecido siempre injustos y perniciosos, de igual modo que un exagerado culto a la personalidad. Me declaro partidario del ideal de la democracia, a pesar de que conozco plenamente los inconvenientes de la forma de estado democrática. La equidad social y la protección económica del individuo me han parecido siempre los objetivos importantes de la comunidad estatal.


Yo soy ciertamente en la vida cotidiana el típico carruaje de un solo caballo, pero la conciencia de pertenecer a la comunidad invisible de aquellos que aspiran a la Verdad, a la Belleza y a la Justicia no ha permitido que surja en mí la sensación de aislamiento.


Lo más bello y lo más profundo que un hombre puede experimentar es la sensación de lo misterioso. Ello fundamenta la religión, así como todas las aspiraciones más profundas en el arte y en la ciencia. Quien no haya experimentado esto me parece a mí, si no muerto, sí al menos ciego. Sentir que detrás de lo tangible está oculto un algo, lo inasequible para nuestra mente, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente y en un tenue reflejo: esto es religiosidad. En este sentido yo soy religioso. Para mí es suficiente vislumbrar admirado estos secretos e intentar captar mentalmente con humildad una pálida imagen de la estructura sublime de los entes.”



Lo que me gusta más de este texto y seguramente por lo que lo he elegido para reflexionar sobre las cosas en las que yo creo es la emoción por el misterio que pone de manifiesto, su profunda perturbación por lo que intuye, oculto, más allá de la apariencia de las cosas, su claro sentimiento acerca de aquello que resulta inasquible a la mente humana, en definitiva, el respeto religioso que siente ante la belleza de lo sublime, que solo puede atisbar por su débil reflejo en el mundo de lo tangible.

Para no hacer una entrada demasiado extensa dejaré para una segunda parte escribir acerca de mis opiniones, hasta qué punto estoy o no de acuerdo con todo lo que Einstein dice. Intentaré entonces exponer con claridad en qué cosas yo verdaderamente creo, cuáles siento de un modo más o menos difuso y cuáles anidan en mi corazón desde siempre escondidas, agazapadas. De momento os invito a una pequeña reflexión.


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jueves 24 de diciembre de 2009

Alegría y misterio



¡Feliz Navidad!

Este es mi forma de felicitaros este año la Navidad. Es la primera parte de la Cantata del Oratorio de Navidad de J. S.Bach, BWV248, dirigida por Nikolaus Harnoncourt.

Yo no sé trasmitir con mis palabras el sentimiento que esta música exhala. Por eso solo puedo invitaros a que la escuchéis, una vez, otra vez.

La alegría por el nacimiento, la esperanza, la necesidad de propalarla. El coro de los hombres se agrupa. Aquí y allá se van uniendo a la marcha que propaga la nueva era. El amor, la confianza, va venciendo. Parece que por unos momentos el miedo se hubiera desvanecido. Nuestro paisaje gris se llena de pequeños brotes de entusiasmo. Queremos formar parte de ese grupo que marcha, que se mueve hacia algún sitio, como si todos conocieran el camino. Mientras, la melodía modula en voces que se entrelazan en finísimo tejido, un tejido tan compacto como el lienzo más tupido, porque las filigranas se entrecruzan en un brocado perfecto, en un dibujo que se despliega con natural desarrollo, desde el susurro de una nana hasta el grito exultante que quiere llenarlo todo. Enseguida podemos comprender que los seres sencillos que conocen el misterio van irradiando luz a su paso.

Dejemos que esa luz nos inunde un poco el corazón. Por lo menos hoy, por lo menos esta noche, la noche buena.

Os deseo felicidad a todos los que habéis estado cerca de mí, compartiendo los escollos del camino, las sombras, las luces, el dolor y la sonrisa, los momentos de pánico, la esperanza. O sea, la vida. A todos los que me habéis escuchado, a los que me habéis leído, a los que me habéis apretado la mano con fuerza o me habéis estrechado en un cálido abrazo, a los que me habéis hecho reír, a los que me habéis hecho dudar, a los que tengo cerca y a tantos que tengo lejos, a los que veo cada día y a los que ni siquiera conozco personalmente pero que me marcan el pulso desde la distancia, con lo que escriben, con lo que sienten. A todos, repito, feliz Navidad.


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