sábado 28 de marzo de 2009

Lo bello, ¿una cuestión de consonancia?



Todos, en alguna ocasión, ante la presencia de algún objeto (del arte o de la naturaleza) hemos sentido que hay algo en él que nos arrastra, algo que nos seduce y que nos impulsa hacia él, en definitiva, algo que nos hace calificarlo como bello. ¿Quién no se ha sentido alguna vez conmovido o reconfortado ante la contemplación de una obra de arte? ¿O ante un rostro, o una figura? ¿O ante el espectáculo de un paisaje o una escena en la que los animales se muestran en todo su esplendor? De algún modo lo deseamos, al menos deseamos poder contemplarlo una y otra vez, queremos hacerlo nuestro, poseerlo, o mejor, recrearlo, reproducirlo, como podría hacer el pintor, el fotógrafo, el copista, e incluso el intérprete de música o el actor. Y eso nos ocurre a muchos, como he dicho en alguna otra ocasión, incluso con obras del arte abstracto o del puramente conceptual que apenas si llegamos a entender. Es como si de forma natural, sin conocimiento teórico alguno, supiéramos que eso que está delante de nosotros es bello, como si lo reconociéramos. Parecería que existiera una belleza en sí misma que se comunicara inmediatamente con nuestra capacidad para percibirla.

Pero, ¿en qué consiste ese algo? O dicho de otra manera, ¿por qué ese objeto me parece bello? ¿Por qué me mueve? ¿Es la belleza algo subjetivo y cultural o, por el contrario, una pintura, un rostro, una figura, son en sí mismos bellos, por encima de épocas y culturas, más allá de los gustos personales? ¡Cuántas veces nos hemos hecho preguntas semejantes! En realidad se trata de cuestiones primordiales en toda reflexión estética. Podemos encontrar ejemplos bien fundados capaces de defender ambas posiciones, tanto la idea de que lo que consideramos bello depende del gusto particular de personas o de entornos socioculturales concretos, como la afirmación del carácter universal de la belleza. Aunque ya seguramente no queda nada nuevo por decir, me parece que éste de la belleza sigue siendo un asunto que interesa a cualquiera que se ha sentido alguna vez conmovido estéticamente.

No es el momento de hablar de lo bello y lo feo en arte, ni tampoco de investigar qué convierte una obra cualquiera hecha por una persona cualquiera en lo que normalmente entendemos por una obra de arte (no me sirve, por cierto, alguna explicación que se tiende a dar ahora de que la obra de arte reside en la pretensión del que la hace, o en la mera exhibición pública como obra de arte, o incluso en el propio enunciado, en ser calificada como tal por alguien al que se le atribuye la cualificación del experto). Ahora estoy pensando en algo más esencial, estoy hablando del concepto de belleza. Huyamos por un momento del carácter pretencioso que a veces tienen palabras como bello y belleza, y dejemos también a un lado la frecuente banalización que los medios hacen de este asunto. Cuando hablo de lo bello en el arte no estoy pensando solamente en la belleza del objeto representado, en la hermosura de un rostro o de un paisaje; me estoy refiriendo fundamentalmente a la belleza intrínseca a la obra, la que refleja la mirada del artista, la que se produce por su capacidad privilegiada para transmitirnos su espíritu, la idea, esa que está conseguida gracias a la justa combinación de cada uno de los elementos que forman la obra. En el caso de las artes plásticas, por poner un ejemplo, la que se logra mediante cada trazo singular, mediante la elección exacta de colores y texturas, mediante la disposición precisa del espacio en el lienzo, o mediante la determinada relación de los volúmenes en el bronce o en la piedra.

No voy a pretender, ni mucho menos, dar respuesta aquí a todas esas cuestiones que he planteado; pero si tuviera que explicar cuál es mi punto de vista, creo que diría que a pesar de que es indudable que los patrones estéticos cambian con las épocas y con las culturas y aunque las modas puedan causar verdaderas transformaciones en la percepción personal y colectiva de lo que es magnífico o vulgar, a mí me parece que hay algo de universal en lo que podemos calificar como bello. Recurramos a la experiencia: con un pequeño esfuerzo para adecuarnos a algunas pautas culturales, podemos enseguida sentirnos sobrecogidos por ciertas manifestaciones artísticas de pueblos y culturas muy diferentes a las nuestras. La mayor parte de nosotros coincidimos en hablar de belleza cuando contemplamos, por ejemplo, los impresionantes edificios que fueron levantados en Egipto hace más de 4.000 años, o sus magníficas esculturas y relieves, aun reconociendo que sus conceptos representativos diferían notablemente de los que han sido comunes en nuestra cultura. Igualmente, casi todos compartimos un sentimiento de admiración por la fuerza expresiva que poseen los bisontes de Altamira, pongamos por caso, pues de algún modo nos transmiten una idea espiritual que entendemos, y ello nos hace acercarnos emocionalmente a aquellos hombres que vivieron en épocas tan distantes de las nuestras.

Los hombres siempre han estado fabricando cosas, siempre han estado construyendo todo tipo de utensilios y enseres que les han permitido hacer su vida más agradable y más fácil: desde las primeras épocas de la humanidad han estado haciendo chozas para resguardarse, flechas para cazar, vestidos para protegerse de la intemperie; o ahora, se esfuerzan en fabricar, por buscar unos ejemplos, sistemas sofisticados de acondicionamiento de temperaturas, máquinas que nos transportan con facilidad o que permiten el almacenamiento de alimentos durante grandes periodos de tiempo. Es decir, han estado haciendo arte, en el sentido más inmediato de la palabra arte (en griego téchne, palabra que englobaba todo aquello fabricado por el hombre, todo lo que se construye con medios materiales y de donde proceden términos como tecnología, técnico, etc.). Pero no se han limitado sólo a buscar un sentido utilitario en el objeto construido, sino que enseguida, desde los tiempos más remotos, han estado guiados en su fabricación por una pretensión estética, como si dispusieran de una innata inclinación hacia la forma adecuada, la que guarda algún tipo de lógica interna, como si esa inclinación hacia la belleza fuese una tendencia natural, implícita en su cualidad humana. Incluso muchas veces han construido objetos absolutamente inútiles, innecesarios para la subsistencia, objetos cuyo único sentido ha sido su forma bella, su aspecto agradable. En muchas culturas estos objetos han adquirido un alto valor simbólico, de modo que su posesión ha sido (y sigue siendo aún hoy en el mercado del arte) una clara muestra de poder, de dignidad, de distinción social.

Parece como si los hombres, desde que pueden ser considerados como tales, hubiesen tenido una suerte de impulso natural hacia lo bello, y desde ese impulso se hubiera ido imponiendo un afán por imitar la belleza de la naturaleza, en la fabricación de sus objetos, en sus construcciones, en todo lo que hacían, en su arte. Al sentirse conmocionados por la fuerza arrebatadora de ciertos espectáculos de la naturaleza, se hubiesen sentido inclinados a repetirlos, como si hubiesen querido poseerlos, reproducirlos, quizá para adquirir poder sobre ellos. Y no me parece difícil imaginar que detrás de ese impulso hacia lo artístico como consecuencia de la fascinación ante la belleza y el esplendor de ciertos acontecimientos de su entorno, subyaciera algún tipo de sentimiento sobre la trascendencia, un deseo más o menos difuso de perpetuación, una dimensión espiritual. No es casual que encontremos, en las culturas más diversas, el origen del rito y la religión estrechamente ligados al nacimiento del arte, en todas sus manifestaciones.

Lo cierto es que la mayoría de nosotros, de forma intuitiva y sin pararnos a pensar demasiado, percibimos en algunas ocasiones cierta atracción ante un objeto, notamos que nos produce una clara sensación de completud, una certeza de que no le sobra ni le falta nada, de que todo en él es coherente, de que es como debe de ser. Hallamos un placer estético, una emoción estética. Y es muy interesante comprobar, si nos detenemos un poco más en su contemplación o en su análisis, que en muchas ocasiones las partes que lo constituyen -que miradas por separado pudieran no ser, ni mucho menos, perfectas, que incluso pudieran poseer disimetrías y disonancias- son como son porque sirven al conjunto, porque lo dotan de expresión y de carácter, y se adecuan de tal manera a él que contribuyen indefectiblemente a construirlo, a que sea como debe de ser, en una palabra a hacerlo bello.

Pudiéramos pensar, por poner un ejemplo, en el retrato de la Gioconda de Leonardo da Vinci, habitualmente considerada la obra más importante de la pintura de todos los tiempos. Según los cánones estandarizados de belleza actuales, no todos calificarían como hermosa a la mujer que Leonardo pinta, pero si nos paramos un momento ante el cuadro enseguida sentimos que nos produce un gran placer su contemplación, o mejor dicho, pasado el primer momento, ese objeto que está delante de nosotros nos abre expectativas, nos inquieta, encontramos en él cierta inagotabilidad, podríamos estar contemplándolo tiempo y tiempo, mirarlo una y otra vez, porque en cada mirada estamos encontrando algo nuevo.

Pues bien, muchos de los que a lo largo de la Historia han reflexionado sobre los fundamentos de la Teoría del Arte han pensado que si algo era percibido como bello era porque se producía alguna clase de adecuación entre el objeto y el sujeto de la percepción, lo cual necesariamente se debería a que ambos, sujeto y objeto, compartirían unas estructuras comunes, algo que les permitiera la comunicación. Muchos de ellos encontraron en los números y en las matemáticas una buena explicación. Generalizando mucho, vendrían a decir, toda realidad, desde la más simple a la más compleja, no es sino forma matemática, un conjunto de relaciones entre sus elementos, unas proporciones entre ellos. Lo cuantitativo y lo cualitativo vendría a identificarse. Percibimos como bello aquello que se comporta conforme a ciertos patrones matemáticos, unos patrones que reconocemos intuitivamente porque son los mismos que están detrás de nuestra manera de percibir, de nuestra propia constitución humana, incluso de la constitución misma de la naturaleza y del universo en su totalidad. Aunque ha habido también detractores de estos planteamientos, es indudable que estas ideas, vinculadas de un modo u otro con Platón y con el pitagorismo, han influido constantemente en toda la producción artística de Occidente.

Lo cierto es que hay patrones numéricos que son seguidos con precisión en las leyes de generación de las formas más diversas de la naturaleza (desde los cristales de los minerales, hasta las formas de las hojas y las flores en las plantas). La vida entera, el universo en su conjunto está regido por principios y leyes matemáticas básicas, como el principio de simetría, la ley de la mínima acción, la conmensurabilidad del todo y las partes o de las partes unas con otras, reglas simples de generación y de repetición. Y, lo que ahora nos concierne más, nuestra manera humana de conocer el mundo, se comporta según esas leyes y principios matemáticos. Tal vez por eso detrás de la obra de arte, al menos de la que podemos considerar bella, también subyacen estos patrones numéricos y estos principios matemáticos, muchas veces sin que el propio autor sea consciente de ellos. Y seguramente porque nuestra manera de percibir el mundo se comporta de la manera que lo hace la belleza en las artes es por lo que no necesitamos tomar conciencia racional alguna para comprender artísticamente.

Curiosamente ahora es cuando aparece la matemática, ahora, en el preciso momento en el que habíamos recurrido a nuestra sensación como juez finísimo capaz de otorgar o denegar el carácter de belleza a un objeto, nos encontramos con el número, con algo que comúnmente suele ser tenido como el paradigma de lo frío, lo más alejado de sentimientos y emociones. Pero esta consideración tan extendida es sólo un lugar común, un tópico, resultado de que normalmente no nos paramos a pensar en que si el mundo entero se comporta matemáticamente también lo hace nuestro cerebro, nuestros sentires y nuestros gustos, probablemente con una matemática altamente sofisticada. Y al lado de la matemática nos vamos a encontrar con la música, con la consonancia. Y esto es muy importante a la hora de entender por qué cuando se ha hablado de belleza en el Arte siempre han salido a relucir las proporciones y la armonía. Cuando se ha intentado buscar alguna razón objetiva que explicara el deleite estético, algo que fuera objetivable, se ha recurrido con frecuencia a la música, pues en la música se manifiestan de forma clara y precisa las proporciones matemáticas, las relaciones numéricas simples que se establecen entre los elementos que estructuran la escala.

Los primeros experimentos que conocemos sobre las proporciones numéricas y, con ellas, sobre la armonía fueron realizadas en el terreno de la música. Cuando los pitagóricos, allá por el siglo VI y V a. C., intentaron buscar la esencia numérica de todas las cosas existentes, se dieron cuenta de que disponían de un laboratorio privilegiado en la música, más propiamente en la acústica musical, como diríamos hoy (aunque probablemente muchos de sus conocimientos sobre acústica fueron aprendidos de los antiguos egipcios). Descubrieron que los intervalos musicales estaban definidos por proporciones numéricas, es decir, que dadas dos cuerdas (de igual grosor y a la misma tensión) cada intervalo musical venía definido por una proporción entre las longitudes de esas cuerdas. Mediante esos experimentos comprobaron que si hacían sonar dos sonidos a la vez, la mezcla era agradable a nuestros oídos (era eufónica) si sus movimientos eran conmensurables, es decir, si había una proporción entre ellos, y que las mezclas eran más eufónicas cuanto más simples eran las relaciones que se establecían entre los dos sonidos. Y no sólo esto, también pudieron comprobar que los principales intervalos que definían las escalas usadas en la música de su tiempo y que servían para establecer la afinación de los instrumentos -la octava, la cuarta y la quinta-, consistían en relaciones entre los cuatro primeros números: la octava, la proporción 2/1; la quinta, la proporción 3/2; y la cuarta, la proporción 4/3. Así pues, los pitagóricos hallaron las proporciones exactas que se deben producir entre dos sonidos para que la mezcla sea la adecuada, para que sus componentes permanezcan tan bien fusionados unos con otros que el sonido resultante sea percibido como una unidad, como algo en lo que no se identifican las partes constituyentes, es decir, como un todo armónico. En definitiva, establecieron las relaciones numéricas que determinan las consonancias y, a partir de ellas, la Armonía.

La clara experimentación de que detrás de la consonancia, la mezcla eufónica, había unos números, unas proporciones, derivó en sucesivos intentos de descubrir todos los números de las relaciones interválicas de la escala musical en uso en aquel momento, tanto las relaciones consonantes como las no consonantes. Con estas bases realizaron numerosos estudios para definir mediante números el resto de los intervalos que formaban las escalas musicales usadas en aquella música (las escalas eran llamadas en aquél entonces armonías y procedían directamente de las afinaciones concretas de los instrumentos musicales). Esta tarea se denominó División del Canon, en referencia a la recta (la línea recta recibía el nombre de canon) que se trazaba debajo de una cuerda tensada en un instrumento de investigación llamado Monocordio, en el que el desplazamiento de un puente móvil permitía acortar la longitud de la cuerda en las partes que se desearan, con exactitud (si se situaba a la mitad, los dos sonidos darían el unísono, si a dos tercios la consonancia de quinta, y si a tres tercios la de cuarta). Los estudios sobre el Monocordio pretendían hallar todas las proporciones numéricas que formaban los intervalos que se utilizaban en la música que sonaba, en la música de verdad, y de esta manera verificar el cumplimiento de la exigencia de conmensurabilidad, de buena proporción, que atribuían a la música. Incluso muchos seguidores de la escuela pitagórica dedicaron sus esfuerzos a conseguir una escala musical que fuese matemáticamente exacta, es decir, que sus intervalos siguieran las divisiones que previamente habían deducido como las más perfectas desde el punto de vista matemático (cosa que chocaba, por cierto, con la práctica musical, donde las aproximaciones jugaban, como en nuestra escala clásica, para conseguir un equilibrio entre todas las partes interválicas).

Pero con sus investigaciones acústicas los pitagóricos no se limitaron sólo a medir con total precisión las proporciones musicales, sino que, lo que tal vez es más importante, llegaron a mostrar cómo diferencias increíblemente minúsculas en las magnitudes eran altamente significativas, pues al apartarse ligeramente de la justa proporción desaparecía la consonancia, la buena mezcla, y aparecían batidos o interferencias claramente audibles que impedían la percepción del resultado como algo unitario, perfectamente bien mezclado. En otras cosas del mundo o del arte, en otras actividades humanas, no es necesaria una precisión en las magnitudes tan exacta como en la música, no es significativo, al menos para nuestra percepción, que las relaciones que se establecen entre las partes sean tan precisas. Pero ellos comprobaron que la más ligera desviación de las magnitudes producía enseguida un disgusto a nuestra percepción, ya que el oído reconoce inmediatamente las interferencias entre los dos sonidos (en otra entrada pondré algún ejemplo sonoro y explicaré un poco más esta cuestión).

Lo que nos interesa ahora es comprender que la experimentación de los números y las proporciones en la música hizo que se identificara la idea de Proporción con la de Belleza. Belleza y Armonía casi llegaron a ser sinónimos. Y esta idea se extendió a toda la naturaleza y a todo arte. Probablemente toda la noción de belleza que solemos considerar clásica procede de la constatación de las proporciones consonantes en la música. Los pitagóricos llegaron a la conclusión de que la conmensurabilidad, la proporción, era el fundamento de las consonancias y la causa de la armonía. Y a partir de las relaciones numéricas que encontraron, a partir de esas proporciones armónicas, creyeron descubrir por qué algo es bien ordenado, kosmetizado (o lo que para ellos vendría a ser lo mismo, la causa de que algo fuese bello). Quizá por eso ha sido tan frecuente la filiación de la belleza con la armonía, con la proporción y con la consonancia. El resto de las artes imitarían las proporciones descubiertas en la música. Por eso, la arquitectura, la pintura y la escultura, siguiendo una y otra vez a los tratadistas antiguos, han vuelto reiteradamente los ojos sobre los números y las proporciones de la música, en un afán de hallar los arcanos de toda creación artística percibida como bella (otra cosa es que las obras del arte que han seguido criterios exclusivamente academicistas o que se han limitado a la mera aplicación de cánones o de leyes matemáticas no han conseguido habitualmente transmitirnos la vida que una verdadera obra de arte debe poseer; pero ese es otro tema).

Hablando en general, se puede decir que el mundo griego, y con él el romano, consideró que el cuerpo humano, las esculturas, los edificios, todo lo que el hombre podía considerar bello debía de estar en armonía, como la música, es decir, sus partes unas con otras debían estar en proporción, guardar internamente unas relaciones matemáticas muy precisas, las mismas que se podían descubrir en la música, en las escalas musicales (que se denominaban ya antes armonías). La Armonía quedó como la referencia de todo aquello que era bello, de todo aquello cuyas partes formaban un buen conjunto. Desde ese momento el arte sonoro fue -y en cierto sentido sigue siendo- el modelo de construcción de una realidad compleja mediante elementos dispares, incluso de partes claramente opuestas, el lugar en el que la mezcla de cosas de distinta índole adquiere un sentido acabado, construye un todo, pues sus leyes generan una unidad completa e indisoluble. En esta indisolubilidad, en esta unidad de lo creado, de lo construido reside el punto donde la armonía y la belleza se llegan a identificar.
Todo el mundo de la Antigüedad estuvo influido por estas ideas y han pasado desde el Renacimiento a formar parte de la Estética Occidental, al menos hasta finales del siglo XIX. El tratado sobre Arquitectura de Vitruvio (De architectura) es la mejor muestra que disponemos de que en el mundo antiguo las artes plásticas persiguieron conscientemente las leyes de la armonía. El arte del Renacimiento, influido muy directamente por el pensamiento platónico y por el neoplatonismo de finales de la Antigüedad, recogió el sentido sobre la belleza como armonía y proporción. El famoso dibujo de Leonardo da Vinci, El hombre de Vitruvio (ca.1467), es el más conocido estudio de las proporciones en el cuerpo humano y el que más ha influido en las artes plásticas posteriores.

Sea como fuere, no pretendo aquí hacer una expresa profesión de pitagorismo ni de platonismo. Ni mucho menos, que yo no me siento capaz de hacer profesión de casi nada. Pero no deja de llamarme la atención algunas de las cosas que la Física o la Matemática actual debate. Poco sé en realidad de ello, pero ya sólo los nombres como “Bella Teoría” o “Teoría de Cuerdas” me hacen pensar que detrás de ellas sigue existiendo una inclinación a considerar que lo bello es a la vez lo más simple, lo que encierra una suerte de ley de generación que explica todo cuanto de ordenado existe, es decir, el mundo. Y quizá también cada uno de nosotros. En ese orden estaría abarcado todo cuanto de caótico y aleatorio encontramos a nuestro alrededor. En lo bello necesariamente está recogido también lo desordenado, lo que es distinto, incluso lo que es opuesto, como los sonidos graves y agudo de la consonancia de octava, por ejemplo. Ambos vienen a ser lo mismo y así los reconocemos. Algo reconforta este pensamiento cuando nos sentimos perdidos en el caos inexplicable de lo que nos rodea cada día. Pero así es la vida. Tal vez por eso nos sentimos atrapados de vez en cuando por algo que consideramos bello, sea humano, animal o cosa, sea una obra del arte o de la naturaleza, una melodía, un dibujo, una estatua, un edificio o una simple taza en la que tomamos el café todos los días. ¿Intuición de verdades? Esperanza.

sábado 17 de enero de 2009

El mito del descenso del alma y la música

Ya he hablado en alguna ocasión sobre el poder de la música para infundirnos un determinado estado de ánimo, para reconducirnos hacia el optimismo o hacia la tristeza, para hacernos padecer de algún modo la emoción que la sucesión de sonidos está recreando, una capacidad que se acrecienta si va acompañada de la palabra, como sucede con cualquier tipo de canto, y que es mucho más eficaz y más inmediata que la de cualquier otro arte y probablemente que el resto de las actividades humanas.

Lo saben los publicistas (no hay anuncio de televisión que no posea música) y lo han sabido desde siempre aquellos que han querido mover las voluntades de los hombres: con la música se agitan los sentimientos de los individuos y de los grupos, y por eso se ha utilizado frecuentemente para dirigir las conductas ajenas, con la ventaja, respecto a un discurso pleno de razonamientos, de que su poder pasa casi desapercibido.

Recordemos, por ejemplo, la capacidad de movilización de los cantos revolucionarios, las músicas de exaltación militar o patriótica, o los himnos que acompañan a muchas experiencias religiosas colectivas: poseen tanta fuerza de seducción, impregnan tan profundamente el alma de los que cantan en conjunto y refuerzan con tanta viveza sus vínculos, que a veces son capaces de hacer que los no duden en sacrificar su vida por una causa que en ese momento sienten como poderosa. No en vano la música ha sido asunto de Dionisos y, si nos fijamos, ha estado cercana a la experiencia de la embriaguez en muchas culturas, no sólo en fiestas particulares, sino también en rituales y ceremonias de fervor colectivo.

¿Y a qué se debe esa capacidad de la música para apoderarse de las voluntades? Los griegos de la Antigüedad, que dedicaron gran atención a la música en tanto instrumento para la educación y como un recurso sencillo para reconducir los estados anímicos alterados, se preguntaron con insistencia sobre este asunto. Muchos de ellos, particularmente los que estaban influidos por el pensamiento pitagórico, creyeron que en la respuesta a esta pregunta residiría la clave para entender el mundo, el núcleo de toda explicación sobre el ser humano, sobre su constitución, sobre sus pasiones y sus voluntades, en definitiva, la piedra angular que soportaría su filosofía.

Vendrían a decir, simplificando mucho, que el alma del hombre es movida por la música porque ella en sí misma no es otra cosa que música, es decir, estaría constituida como una armonía musical, con los mismos números y las mismas proporciones que se encontrarían en la escala musical formada según las consonancias. Y lo mismo ocurriría con el Alma del Universo, una suerte de espíritu del mundo que, entendieron, era el responsable de infundir forma, ritmo o movimiento a todo cuanto existe. Este alma del universo debería de ser la Armonía Musical, una estructura matemática capaz de mantener unidas todas las partes dentro de sí, una especie de gran escala en la que cada uno de sus componentes, cada uno de los entes, contribuiría necesariamente a la trabazón del conjunto, pues unos con otros estarían relacionados según unas proporciones numéricas precisas, de modo que entre todos configurarían el mundo, el mundo bien organizado convertido, por eso, en cosmos. En el Timeo de Platón encontramos una exposición detallada de la constitución musical del universo, del cuerpo y del alma del universo, y de cada uno de los entes que lo constituyen.

El hombre, para estos pensadores, no sería otra cosa que una imagen del mundo, una reproducción en pequeño del cosmos musical, un microcosmos. Por eso el alma humana, que sería parte de ese espíritu del universo, consistiría esencialmente en música. Lo que nos individualizaría a cada uno de nosotros con nuestra forma particular, con nuestros sentimientos y pasiones, con nuestros peculiares modos de ser vendría a ser algo así como nuestra melodía concreta, nuestro ethos.

La música que oímos, la que ejecutan los instrumentos y la que cantamos, tendría, según este pensamiento, la misma constitución formal y matemática que el espíritu del universo y que el alma humana. O dicho de otra manera, la música sería el arte inmaterial por excelencia, pues se construye a partir de las relaciones y proporciones de las escalas y de los intervalos, de las secuencias y repeticiones de ritmos y movimientos. En el caso de la música que oímos (como se llamaría más tarde, la música sonora), esas relaciones y proporciones se aplicarían al movimiento del aire, el sonido, algo considerado menos corpóreo, menos dimensional que el resto de los elementos sobre los que se aplica la música, es decir, menos que los cuerpos que existen en el mundo terrenal. Esta cualidad de la música como forma casi pura explica que ya desde los primeros pitagóricos las investigaciones en torno a la física del sonido, a la acústica, adquirieran tanta importancia, preocupados como estaban por descubrir la constitución matemática de todo cuanto existía, los números del ser.

Al estar la música organizada de la misma manera matemática que el componente espiritual de todo cuanto existe, el arte sonoro poseería la particularidad de imitar de primera mano la forma en la que el mundo está constituido, sus relaciones, sus movimientos, sus cambios, cosa que no harían las demás artes, que ya están hechas a partir de cuerpos materiales, con sus formas y sus dimensiones previas. Y por eso las melodías de la música tendrían la capacidad de reproducir el modo en el que se desenvuelve el alma humana, de imitar sus inclinaciones, sus sentimientos, sus pasiones, sus tensiones y sus anhelos. Ello explicaría que el individuo enseguida se sienta afectado por la música que escucha o que interpreta, pues su alma se movería con los melos y los ritmos que entran por sus oídos: al escucharlos, inmediatamente el alma humana se pondría en resonancia con ellos, debido a una especie de simpatía natural, pues lo semejante, dirían, mueve a lo semejante. Como ocurren en el fenómeno de la resonancia, que ya habían experimentado desde antiguo, en el que se produce la acción a distancia: había comprobado empíricamente que una cuerda se pone a vibrar cuando otra, con la que guarda ciertas relaciones de conmensurabilidad, es percutida.

Para hablar de la actuación a distancia de la música sobre el alma los antiguos pitagóricos y platónicos necesitaban suponer que el alma tiene una precisa constitución musical. Su explicación no es de índole filosófica, sino que está dentro del terreno del mito. Pero sin duda es un bello mito. Se trata del mito del descenso del alma desde las regiones etéreas, donde sería música pura, donde carecería de dimensionalidad, pues sería “inteligiblemente coextensiva con el universo”, a las regiones terrenales, llenas de aire y en la que es necesario un cuerpo dimensional para existir. El alma humana sería una armonía musical, pero tendría algo así como dos momentos, pues no solo es espíritu sino que en su ser está la tendencia a lo corpóreo, pues debe ordenar el mundo caótico del devenir terreno. En el momento en el que le tocara vivir sobre la Tierra perdería su forma pura, su neta constitución matemática, etérea, para revestirse con los ropajes de la materia dimensional.

El mito del descenso del alma procede probablemente del gnosticismo antiguo y a lo largo de la Historia no sólo ha estado detrás de muchos cultos y rituales esotéricos y de muchas creencias consideradas heréticas por la ortodoxia religiosa, sino que también ha influido notablemente en el pensamiento cristiano, particularmente en su expresión mística. Lo que quizá no es tan conocida es la relación del mito del descenso del alma con una interpretación musical del cosmos y del hombre. Nos habla de cómo en el momento del nacimiento el alma humana pierde su forma redonda, perfecta, una forma que poseería cuando era forma pura y no estaba separada del alma del universo, es decir cuando era una forma musical, una suerte de armonía. Pierde esa constitución para adquirir dimensionalidad, para cobrar el alargado aspecto humano y ser capaz así de dotar de vida al cuerpo material, de dar forma a algo de por sí informe, como sería lo corpóreo, y poder ordenar los entes que han de existir en las regiones aéreas, en la parte terrena del mundo. Veamos cómo cuenta Arístides Quintiliano, en su tratado en el que reúne buena parte del saber y de la tradición griega sobre los aspectos técnicos y filosóficos de la música, el mito del descenso del alma relacionándolo con la capacidad de atracción de la música sobre el alma humana.


“17. ¿Acaso no surge más vivamente en quienes oyen esto el deseo de investigar su causa y de saber qué es lo que obliga al alma a caer tan fácilmente en manos de la melodía de los instrumentos? Referiré un argumento ciertamente antiguo, pero que procede de hombres sabios y no carece de crédito, pues incluso aunque no fuera convincente en lo que concierne a otras cuestiones, al menos en lo que respecta a esta experiencia es sin duda verdadero. En efecto, que el alma es naturalmente movida por la música de los instrumentos es algo que todos conocen; y dado que esto es así, si fuera posible encontrar otra causa y si ella fuera mejor entonces se habría de rechazar la que vamos a contar, pero si ello fuera imposible ¿cómo no confiar en las consecuencias que necesariamente se derivan de hechos evidentes?

Un argumento dice que el alma es una cierta armonía, y una armonía de números, y que la armonía musical está constituida por esas mismas proporciones; y, por consiguiente, cuando los semejantes son puestos en movimiento también se mueven a la vez los de naturaleza semejante. Más tarde examinaremos exhaustivamente este argumento(93).

Pero otro argumento dice algo así como lo siguiente. La materia y la naturaleza de los instrumentos es análoga a la primera constitución del alma, mediante la cual ella se ha unido a este cuerpo. El alma, en efecto, mientras está asentada en la región más pura del universo sin mezclarse con los cuerpos permanece inalterada e inmaculada y gira acompañando sin cesar al soberano de este universo, pero cuando, debido a su inclinación hacia las cosas de aquí, toma algunas imágenes procedentes de lo que está en torno a la región terrena, entonces poco a poco se olvida de las bellezas de allí y se hunde, y cuanto más se separa de las cosas de arriba, tanto más, al aproximarse a las de aquí, se llena de una mayor irracionalidad y se vuelve hacia la oscuridad corpórea, y no sólo es incapaz, a causa de la disminución de su anterior dignidad, de seguir siendo inteligiblemente coextensiva con el universo(94), sino que, debido al olvido de las bellezas de allí y a su conmoción por lo terreno, es arrastrada hacia las cosas más sólidas y emparentadas con la materia. Por eso el alma, buscando un cuerpo, dicen, toma y arrastra consigo de cada una de las regiones superiores algunas partes del ensamblaje corpóreo. Y así, cuando va a través de los círculos etéreos recoge cuanto es luminoso y apropiado para calentar el cuerpo y para mantenerlo naturalmente unido, tejiendo para sí, en su irregular desplazamiento, ciertos lazos a modo de red a partir de esos círculos y de las líneas que se establecen entre esos círculos en sus mutuos desplazamientos. Pero cuando el alma se precipita a través de las regiones lunares —que son de aire y están asociadas a un viento [pneûma] que, además, es consistente—, poco a poco es hinchada por el viento que está debajo, produciendo un intenso y estrepitoso silbido a causa de su natural movimiento; y al estirar el alma sus superficies y líneas circulares —pues, por un lado, es arrastrada hacia abajo por las masas de viento y, por otro, se mantiene unida por su naturaleza a las cosas de allí arriba—, pierde su forma esférica y la cambia por la de un hombre. Y así el alma muda sus superficies, que han sido producidas con la materia luminosa y etérea, a la forma de membrana, y transforma sus líneas, que provienen de la región empírea y que han sido ligeramente teñidas por el amarillo del fuego, al aspecto de los nervios, y, finalmente, desde las cosas de aquí añade un viento húmedo, de suerte que esto sea una especie de primer cuerpo natural para el alma, compuesto de superficies membranosas, líneas nervadas y viento. Dicen que esto es la raíz del cuerpo y lo denominan también “armonía”, y que mediante él se alimenta y se mantiene unido nuestro instrumento ostroide(95)".


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93 Estos dos argumentos se fundamentan en la idea de procedencia pitagórica de la actuación de lo semejante sobre lo semejante (ejemplarizada luego en la resonancia acústica, cf. II 90). El primero va a ser desarrollado a lo largo del libro III, especialmente en el capítulo 24. Parte de la constitución musical del alma descrita en el Timeo de Platón: el alma es en sí misma armonía matemática y musical (no armonía en tanto resultado de la buena mezcla, como en el razonamiento de Simmias rechazado en Fedón 85e y ss.), y los mismos números que constituyen el alma son los que establecen la armonía en la música. El segundo, que va a detallar a continuación, se sitúa dentro del mito platónico de la caída del alma (cf. Platón, Fedro 245c y ss., y también el mito de Er en Rep. 614b y ss.) y recurre a la semejanza entre los elementos (cuerdas y aire) que producen el sonido en los instrumentos y los que constituyen el "cuerpo" que adquiere el alma en su descenso por las regiones planetarias, una suerte de cuerpo astral o naturaleza intermedia entre su esencia puramente inteligible y lo absolutamente sensible, a través del cual el alma gobernará y dará vida al cuerpo material. Para los capítulos 17, 18 y 19 ver A. J. Festugière, "L'ame et la Musique ... ", quien también proporciona una traducción al francés.

94 Cf. 53-54 y 66-67. La expresión to pantì noetôs symparekteínesthai (ser inteligiblemente coextensiva con el universo) describe el estado del alma individual en el "momento" en el que es forma puramente inteligible que abarca la totalidad espacial y temporal, en unión con el alma del universo. El término neûsis, inclinación, es usual en el neoplatonismo para designar la tendencia del alma hacia la tierra, pero ya se encuentra con este sentido en Plutarco (p. ej. Mor.
1122c). Sobre las imágenes que el alma recibe cf. el escrito hermético Poimandres (Corpus HermeticumI §14) donde se cuenta cómo el Hombre (el alma) se inclinó a mirar a través del armazón de las esferas y se enamoró de su imagen reflejada en las aguas.

95 "Instrumento ostroide" hace referencia al carácter inerte del cuerpo material, que envuelve al alma como la concha a la ostra (cf. Platón Fedro 250c). El proceso de fabricación del "cuerpo astral" del alma (primero, la construcción del armazón estructural mediante las líneas y superficies hechas con el fuego y el éter de las regiones superiores; luego, la modificación de la forma con la adquisición de profundidad mediante el viento de las regiones lunares y sublunares, más húmedo y consistente cuanto más próximo a la Tierra) está en relación con la teoría de la progresiva dimensionalidad del alma (adimensional, línea, superficie, volumen; cf. III 126 y III 128). La enigmática frase "tejiendo para sí ... en sus mutuos desplazamientos" parece apuntar a la influencia de las configuraciones de los astros sobre la manera de ser individual, como si la estructura armonizadora que el alma se teje dependiera de las vicisitudes de la interacción de su movimiento de caída con el de los movimientos planetarios (cf. este pasaje con el Comentario al sueño de Escipión de Macrobio, probablemente basado en Numenio, donde el alma en su descenso adquiere las propiedades que caracterizan a cada astro).


.....


Arístides Quintiliano, Sobre la Música , Biblioteca Clásica de Gredos, Madrid 1996, págs. 158-161 (Introducción, traducción y notas Luis Colomer y Begoña Gil).

martes 23 de diciembre de 2008

Navidad

Con este villancico Ríu ríu chíu quiero felicitaros la Navidad. Se trata de un villancico español del siglo XVI que pertenece al Cancionero de Upsala y que unos creen que es anónimo y otros atribuyen a Mateo Flecha el Viejo. La versión que escuchamos en el vídeo está interpretada por el grupo musical Kalenda Maya:

Es el canto del hombre que se siente acompañado, es la intuición de que lo infinito se torna finito para hacerse comprensible. Para los que queráis aprender el villancico aquí os pongo la letra completa, con alguna estrofa más que en las versiones que se suelen oír:

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

El lobo rabioso
la quiso morder,
mas Dios poderoso
la supo defender.
Quisola hacer
que no pudiese pecar,
ni aun original
esta Virgen no tuviera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó el lobo
el de nuestra cordera.

Este que's nacido
es el gran monarca,
Christo patriarca
de carne vestido.
Hanos redimido
con se hacer chiquito,
a un qu'era infinito,
finito se hiziera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

Muchas profecías
lo han profetizado
Ya un nuestros días
lo hemos alcanzado.
A Dios humanado
vemos en el suelo.
Y al hombre en el cielo
porque él le quisiera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

Yo vi mil garzones
que andaban cantando.
Por aquí volando
haciendo mil sones,
diciendo a gascones:
"Gloria sea en el cielo,
Y paz en el suelo"
Pues Jesús nasciera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

Este viene a darnos
a los muertos vida
y viene a reparar
de todos la caída;
Es la luz de día
aqueste mozuelo;
este es el cordero
que San Juan dixera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

Mira bien queos quadre
que ansina lo oyera
Que Dios no pudiera
hacer la más que madre.
El quera su padre
hoy della nascio
Y el que la drio
su hijo so dixera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera,
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera.

Pues que ya tenemos
lo que deseamos,
Todos juntos vamos
presentes llevemos;
Todos le daremos
nuestra voluntad,
pues a se igualar
con el hombre viniera.

Ríu, ríu, chíu,
La guarda ribera
Dios guardó del lobo
a nuestra cordera
.

El fuego luminoso parecía alejarse más allá del cielo hacia caminos infinitos. Nuestro corazón se encogía. Creíamos que éramos poderosos, suficientes. Pensábamos que ya sabíamos el secreto del fuego. Pero descubrimos que éramos solo meros portadores. No hablábamos, por miedo. Pero el sol decidió volver sobre sus pasos. No podía dejarnos solos, sin su abrigo. Nos miró y le dimos lástima. Volvería. Solsticio de invierno. El sol retorna. Crece la mañana. Navidad.


Así que feliz solsticio de invierno, feliz nueva edad, feliz Navidad.

miércoles 26 de noviembre de 2008

La primera pregunta

Paul Gauguin, "¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?", "D´où venons-nous? Que sommes-nous? Où allons-nous?", 1897, óleo sobre lienzo, 139 x 375 cm, Boston, Museum of Fine Arts.


Cualquiera de nosotros se ve asaltado en un momento u otro de nuestra vida por las mismas preguntas que han perseguido al ser humano desde que tiene una mínima capacidad para pensar, desde que toma conciencia de sí mismo. Y en eso me parece que no hay diferencias de épocas ni de culturas.

Cuando digo que me gusta la filosofía quiero decir que me interesan todas aquellas viejas cuestiones llamadas trascendentes, aquellas preguntas fundamentales que están por encima de modas y tendencias. Preguntas sobre qué es la materia, sobre el espíritu, sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre la prolongación de la existencia individual más allá de la muerte, sobre las razones de las cosas y sus últimas explicaciones, sobre nuestros deseos y nuestros afanes, sobre el dolor y la angustia, en definitiva, preguntas que nos conducen a la pregunta fundamental sobre la existencia: ¿por qué somos? O dicho de otra manera, ¿por qué existimos cada uno de nosotros?, ¿qué sentido tiene nuestra existencia? ¿Y el mundo?

Todas estas preguntas nos remiten en última instancia a la pregunta primera, a la pregunta por el ser, la pregunta filosófica por excelencia. Formulada en palabras de Heidegger: “¿Por qué es en general el ser y no más bien la nada?” ¿Por qué el ser? ¿Por qué hay cosas, entes, en lugar de haber nada? Podría parecer absurda esta pregunta, pero su absurdo haría también absurdas las demás, las que se refieren a la razón de nuestra existencia, a nuestras dudas sobre si poseemos o no algo espiritual y eterno, a la necesidad de una conducta moral y sus consecuencias. Si lo pensamos un poco más, nos daremos cuenta de que nadie en su vida está libre de la pregunta sobre el ser y de toda la carga emotiva que conlleva. Podríamos incluso decir que en realidad esta pregunta y todas las que dependen de ella constituyen la clave de lo que ha sido la civilización, aún más, nuestro sentido como humanos. El hombre es autoconciencia, el hombre es el ser que se pregunta por el ser.

Heidegger nos recuerda que esta pregunta nos acecha en casi todos los momentos de nuestra vida: nos aborda en la tristeza, cuando las desgracias nos consternan tanto que queremos averiguar cuál es su sentido; pero también está ahí en medio de la mayor alegría, cuando de alguna forma tememos que ese gozo sea algo inmerecido y hasta nos da cierto temor ahogarnos en la felicidad, no fuera a ser solo algo de un momento, un preludio de grandes dolores que habrán de venir; e incluso en mitad del aburrimiento nos asalta con frecuencia, cuando el hastío hace que todo el ser pierda peso a nuestros ojos, cuando no encontramos ningún sentido, nada que nos impulse a la vida, nada por qué luchar. Leamos las palabras de Heidegger:

“¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada? Tal es la pregunta […] Todos, alguna vez o, quizá, hasta con cierta frecuencia, hemos sido rozados por su oculto poder, sin entender con precisión lo que nos ocurría. Emerge, por ejemplo, con motivo de alguna gran desesperación, cuando las cosas pierden todo peso y se oscurece cualquier sentido. Quizá alguna vez golpee como el sordo toque de campana que suena en lo interior y que, poco a poco, se vuelve a extinguir. También en el júbilo del corazón, la pregunta está allí, porque entonces todas las cosas se transforman y se hallan en torno de nosotros como si las viésemos por primera vez; luego, parece que nos sería más fácil de entender que no son, a concebir qué son y que son como son. Asimismo se presenta en el aburrimiento –en el que estamos igualmente lejos de la desesperación y del júbilo– pues el tenaz carácter habitual del ente se torna anodino: nos parece indiferente que sea o no. […]

La pregunta ‘¿por qué es en general el ente y no más bien la nada?’ tiene para nosotros el significado de ser la primera según su dignidad, porque es la más extensa, la más profunda y, finalmente, la más originaria.”
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica, ed. Nova, Buenos Aires, págs. 39 y 40. (Traducción de Emilio Estiu).


Las respuestas a esta pregunta primigenia han sido muchas y de diversa índole. Unas han sido vertidas bajo el velo del mito o el recurso del cuento, otras bajo el reclamo de la fe y la confianza de la religión, y otras también bajo la pretensión de la filosofía y la reducción de la ciencia. Pero lo cierto es que si en algo nos parecemos los humanos, desde los más cultivados hasta aquellos que apenas tienen conocimiento intelectual alguno, es en nuestra esencial inclinación a formularnos los porqués de la existencia. Y tal vez nuestra tragedia es esa condición de humanos, seres bicéfalos que miran para los dos lados, pero que normalmente solo ven el lado de aquí, como si nuestros ojos fueran esencialmente incapaces de percibir lo que tienen delante cuando están girados hacia allá.

En lo que a mí concierne, recuerdo que era muy pequeña cuando me mareaba pensando en lo grande que debía de ser el universo, lleno de estrellas incontables, o intentando imaginarme el infinito o la eternidad. No sé si estas cosas les pasan a todos los niños, pero luego, cuando alguien me empezó a hablar de filosofía, pensé que allí iba a encontrar la explicación de muchas cosas que ya entonces agitaban mi imaginación. Ahora, que ha pasado mucho tiempo desde entonces, no puedo decir que haya encontrado respuesta concluyente alguna, pero sí que la reflexión sobre las preguntas fundamentales por lo menos ha abierto mi mirada.

La filosofía es el intento de hallar una respuesta racional a las cuestiones básicas comunes al género humano. La imposibilidad o la dificultad para encontrar explicaciones claras a la pregunta primera nos han llevado a buscarlas en la religión y también a acercarnos a ellas mediante el arte. La religión es el terreno de las creencias y de las introspecciones, más allá o más acá de la razón. Nos habla de algo que se intuye, pero que estaríamos esencialmente incapacitados para entender, de algo que parece escaparse a los esquemas y categorías del discurso lógico humano. Mediante la religión la colectividad, el grupo, va construyendo un conjunto de respuestas que se transmite culturalmente con la ayuda del mito y de la metáfora. Las respuestas se exteriorizan mediante un corpus de creencias, ritos y plegarias minuciosamente organizado que poseen un alto valor cultural y también vital, pues cumplen una clara función apotropeica. Por eso la religión da respuesta, para muchas personas, a la intuición de la trascendencia y dota de sentido a la existencia individual, a la vez que consolida los lazos espirituales (e incluso materiales) del individuo con el grupo al que pertenece.

Por su parte, el arte se ocupa con frecuencia también de asuntos que podríamos calificar de espirituales y los aborda como reelaborando el mundo, contemplándolo con una peculiar mirada, la mirada del artista, como intentando comprenderlo y también, por eso, dominarlo. A veces el arte está al servicio de una religión y contribuye a explicar sus creencias y a hacer cumplir sus normas morales; en otras ocasiones el arte se somete a intereses ideológicos y propagandísticos; pero otras veces, muchas, el arte es en sí mismo ya una especie de interrogación o de expresión de las inquietudes del ser humano, de las dudas o intuiciones que se remontan, al final, a la pregunta primera, que es recogida por el artista como si de un sumo sacerdote se tratara.

El arte se mueve en el terreno de lo intuido y de lo emotivo. Tiene sus propios modos de conocer, distintos de los de la filosofía o los de la ciencia, diferentes de los de la religión, pero casi siempre se acerca a aquellos asuntos que sacuden el alma humana de todas las épocas, de todas las edades, de todos los ámbitos culturales: la belleza, el amor, la muerte, todo tipo de pasiones, dudas, el bien y el mal, la justicia, cuestiones todas ellas que en última instancia se reducen a la pregunta por el sentido del mundo, a la pregunta por el ser. En el arte grande palpita siempre las preguntas fundamentales, los misterios que todos sentimos, la trascendencia.

Ciertamente el arte no busca una respuesta a las cuestiones de la trascendencia, pero se aproxima a ellas muchas veces, elevando de algún modo el espíritu del hombre que contempla la obra, al margen de que sus ideas sobre la trascendencia sean claramente religiosas, radicalmente ateas o sinceramente agnósticas. ¿Acaso no atisbamos este tipo de preguntas detrás de aquellas manifestaciones del arte que tienen un carácter universal y que consideramos obras maestras porque tratan de los conflictos esenciales al ser humano? Me refiero al arte en sí mismo, no enajenado, al arte que es una construcción humana libre, que no está al servicio del ornamento o de la gloria del poderoso, que trasciende todo carácter utilitario y que solamente pretende expresar sentimientos, emociones, dudas, ideas o valores, el arte que pertenece a la necesidad que el hombre tiene de mostrar mediante un objeto (cualquier objeto del arte, pintura, poema, música, un puente incluso) su alma y sus inquietudes, y dejar hablar a su espíritu cuando no basta ya la palabra.
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El cuadro pintado por Paul Gauguin que encabeza esta entrada es un ejemplo de estas cosas que digo. Representa una especie de paraíso irreal en la que el individuo se pregunta por la razón de la existencia. Es interesante leer la correspondencia del pintor en la que habla del cuadro y de sus sentimientos a la hora de pintarlo: "Paul Gauguin a Monfreid" (Febrero de 1898, Tahití), Escritos de un salvaje, ed. Debate. 1989. Podéis leerla en este enlace.

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A los que queráis saber algo más sobre el cuadro y su iconografía, sobre Gauguin y el post-impresionismo y, particularmente, sobre cómo siente un hombre en los difíciles momentos del duelo cuando a solas se interroga sobre su existencia, sobre su ser todo, sobre la vida y sobre la muerte, con un grito desgarrado, pero profundamente vitalista, os animo a que leáis el artículo que ha escrito Turulato.

jueves 13 de noviembre de 2008

Les Yeux dans les Roues: recursos técnicos y sensaciones

Iba a escribir un comentario en la entrada anterior a propósito de lo que algunos dijisteis sobre las sensaciones que os producía la pieza de Messiaen, Les yeux dans les Roues, pero luego he pensado que era mejor hacer una entrada nueva dedicada a hablar un poco sobre los recursos que el compositor utilizó para producir esas sensaciones que comentáis. Dejo para otro día una pequeña reflexión sobre la relación entre la forma y el sentido en el arte, especialmente en el contemporáneo, un asunto que surge también a partir de vuestros comentarios.

Ahora creo que podemos detenernos un poco en descubrir con un ejemplo por qué nuestro ánimo se siente afectado por una obra de arte contemporáneo que no terminamos de comprender. Puesto que el efecto emotivo de la música es bastante inmediato, creo que nos viene bien aprovechar la audición de la obra de Messiaen Les yeux dans les Roues. Al margen de que nos guste o no, al margen de que nos parezca o no bella, todos hemos percibido en esta música ideas y sensaciones parecidas. Sentimos al escucharla el miedo y la desesperanza, a la vez que nos sorprende y nos impresiona, y, en general, tendemos a apreciarla. Creo que estaréis de acuerdo en que conocer cómo se produce el efecto emotivo de la obra puede resultar algo, por lo menos, curioso. Sería como descubrir los arcanos mágicos que modulan nuestras sensaciones: entender cómo el artista ha conseguido transmitirnos esa sensación de agobio y confusión, averiguar qué recursos técnicos ha utilizado para conseguirlo y por qué la mayor parte de nosotros percibimos de un modo similar la información que contiene (una información, la musical, que no es como la del lenguaje común, en la que el significado viene a ser, en general, unívoco).

Estoy de acuerdo con los que pensáis que la música sola es más profunda que si la acompañamos de imágenes que nos distraen. Al margen de que el montaje del vídeo que puse entonces me parezca muy bueno, creo que si escuchamos la música sin ningún acompañamiento visual, el efecto sobre nuestro ánimo es aún mayor, es más abstracto su sentido, más desoladoras las sensaciones que produce.

También coincido completamente con los comentarios que algunos pusisteis en la entrada anterior en los que describíais las sensaciones que esa música nos genera: desconcierto, sorpresa, dolor, desesperanza, miedo a decidirse por un objetivo vital, amargura, desasosiego... Oímos esta música como sobrecogidos, como conteniendo la respiración. Irrumpe súbitamente su sonoridad de maquinaria sofisticada, nos mete en laberintos sonoros de repetición, de rueda eterna sin principio ni fin, de aporía; una maquinaria formada por estructuras picudas que giraran, como dentelladas, en distintas espirales paralelas que recorren las regiones del grave y el agudo, mostrando el abismo de la existencia, la soledad, el vacío de lo humano, el carrusel infinito de locura de un mundo fantasmal. Por eso seguramente algunos habéis comentado que no os gusta. No os gusta la sensación, pero ¿qué os parece la capacidad de esta música para crearla en nosotros con tanta viveza?

Se me ocurre a mí que Les yeux dans les Roues describe muy bien el mundo en el que la obra ha sido compuesta, un mundo masificado, donde el individuo se siente perdido entre muchedumbres de ojos desconocidos, que se mueven sin dirección, en movimientos continuos de ir y venir que se repiten incansablemente, pero que parecen estar desprovistos de una finalidad, de un horizonte, un mundo que se siente sin espíritu. Escuchamos en sus sonidos chirriantes, en su incesante movimiento de noria loca, el bullicio propio de una sociedad donde la falta de forma definida, la ausencia de melodía, recrea la pérdida de sensibilidad. Pero hay algo más, intuimos también una presencia, una cierta forma de orden que no entendemos, pero que nos llama desde lo profundo, como si se tratara de un atisbo de melodía entrecortada que pugnara por imponerse, por hacerse oír.

Intentemos, pues, averiguar qué recursos técnicos han permitido al compositor transmitirnos estas sensaciones. A mí me han ayudado los comentarios de un músico cercano. Intentaré explicarlo para que pueda ser comprendido por los que saben poco de cuestiones técnicas de música. A ver si lo consigo.

Empecemos, si os parece, viendo el vídeo con la interpretación de Willen Tanke que, a mi juicio, es más poderosa que la que sonaba en el vídeo que puse en la entrada anterior. Al estar tocada (más de acuerdo con la indicación "vif" de la partitura) a mayor velocidad, las voces superiores presentan un carácter bastante más enérgico.




Como en el vídeo vemos varias cámaras simultáneamente, podemos ir siguiendo en unas ocasiones las notas que el organista ejecuta con las manos, y en otras las que toca con los pies.

Enseguida observamos dos planos sonoros. Uno está formado por notas rápidas (semicorcheas) y corresponde a las dos voces superiores, las que toca con las manos (en general, toca una voz con la mano derecha y otra con la izquierda). Otro plano sonoro es el de la voz grave, de duraciones mayoritariamente largas que se tocan con el teclado de los pies (pedalier). Así pues, en la obra tenemos tres voces, dos superiores y una grave.

Podemos decir que la composición de esta obra es algo artificial y suena como tal, como un artilugio, como si se hubiesen juntado sonidos al azar. El carácter extraño a los oídos no acostumbrados reside, en primer lugar, en que no utiliza la escala habitual de la música occidental, la escala diatónica de ocho notas con cinco intervalos de tono y dos de semitono (p. ej., Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, Do), sino que deliberadamente evita cualquier posible parecido con ella o con cualquier otra escala que nos pudiera recordar el lenguaje musical tradicional. Messiaen utiliza la escala cromática, es decir, las doce notas de la octava de semitono en semitono, como si en un piano se tocaran todas las notas, las blancas y las negras (Do, Do#, Re, Re#, Mi, Fa, Fa#, Sol, Sol#, La, La#, Si). Se trata de una pieza que pertenece a lo que se suele llamar dodecafonía.

En cada una de las tres voces en las que está organizada la obra, se sigue el mismo esquema de composición: series diferentes de las doce notas de la octava cromática. Las primeras series son así:

Manual:

1º voz: Do, Mib, Reb, Mi, Re, Fa, Si, Lab, Sib, Sol, La, Fa#.

2ª voz: Re, Lab, Si, Reb, Fa#, Mib, Mi, Sol, Do, La, Fa, Sib.

Pedalier: Re, Mi, Lab, Fa, Do, Si, Fa#, Mib, La, Sib, Sol, Reb.


Pero lo más importante es que en cada una de las series no se repite ninguna de las notas, ni ninguna de ellas tiene más importancia que las demás, ni por su intensidad, ni por su duración. Es decir, ninguna nota ejerce ninguna expectativa, ni ninguna tendencia hacia ningún sitio. Este carácter serial produce un sentimiento de pérdida y le da esa sensación de rueda y de carencia de finalidad.

En la música que estamos acostumbrados a escuchar la melodía no salta de una nota a otra arbitrariamente, sino que se tiende a organizar en torno a una o varias notas polares, y a partir de estas notas se crean expectativas y tensiones que luego se resuelven y reposan. Esto ocurre, hablando muy por encima, porque en el contexto de un determinado pasaje, unos sonidos tienen más importancia que otros (percibimos la importancia de un sonido por su mayor o menor duración, por las veces que se repite, por su posición y función en la escala, etc.). Todo ello hace que una melodía nos resulte con sentido, la entendamos y seamos capaces de memorizarla con relativa facilidad. Pero en esta pieza de Messiaen no ocurre así. Y esta renuncia deliberada a una de las principales formas de crear el sentido musical le confiere ya una clara cualidad expresiva: produce una sensación de agobio, de falta de sentido, de falta de rumbo.

El ritmo, que es lo que con mayor fuerza e inmediatez nos crea una sensación emotiva en cualquier música, contribuye a reforzar el desconcierto. Aunque en esta obra más que de ritmo en realidad deberíamos hablar de ausencia de ritmo, pues no hay ninguna forma rítmica reconocible en ninguna de las voces. Es decir, no encontramos una secuencia definida y repetida de duraciones largas y breves, o de notas tónicas y notas átonas, no hallamos una forma rítmica, como sucede en la música a la que estamos habituados.

Ahora bien, todo no suena igual. Los dos planos sonoros que se distinguen en la obra se contraponen y crean un juego divergente, como si se tratara de dos aspectos de lo desconocido, dos caras de lo que no somos capaces de comprender. Por eso si nos fijamos un poco notamos que cada uno de ellos nos produce sensaciones diferentes.

Si ponemos nuestra atención en las voces superiores sentimos que las notas, como sierras afiladas que recortaran el alma, van dibujando pájaros extravagantes del inconsciente, van apareciendo en nuestra mente demonios, muerte, enfermedad, guerras, devastación. Oímos ecos de nuestra angustia, de nuestro dolor infinito, del miedo. Es como si la música hubiera desaparecido. Por eso sentimos como que el sustrato de nuestro ser se tambaleara sin sentido, como si el ruido, la algarabía, el griterío, en el que se ha convertido la falta de música trastocara el fundamento de la existencia. Y esto se produce principalmente porque en las voces agudas todas las duraciones de las notas vienen a ser iguales: un flujo constante de semicorcheas, de notas rápidas, sin que ninguna de ellas tenga más o menos duración o más o menos intensidad que las demás. Todo ello nos produce una sensación de falta de dirección, de un movimiento sin principio ni final, como si se tratara de un perpetuum mobile.

Podemos apreciar en el vídeo que las notas que el organista da con las manos se ejecutan con mucha rapidez y, sin embargo, el sonido del órgano en un espacio grande, como es una iglesia, hace que cada una de ellas quede resonando, de modo que las notas se funden unas con otras, se amontonan, lo que nos proporciona esa sensación de multitud. El hecho de que todas las notas duren lo mismo hace que no reconozcamos al oírlas ninguna jerarquía, ninguna fuerza de atracción, ninguna forma. Contribuye especialmente a crear esa sensación de agobio el hecho de que sean dadas con un toque staccato, opuesto a lo que normalmente estamos acostumbrados a oír en la música de órgano donde el legato, las notas ligadas, es lo más habitual.

Pero en medio de este caos las notas del bajo, majestuosas, van soportando en horizontal el desvarío chirriante de la rueda, como si atisbáramos que quisieran dar sentido al griterío deslavazado de aquellas notas picudas, al baile incongruente de máscaras locas que giraran sin parar. Suenan atronadoras y parecen esconder de algún modo un mensaje de alerta, una llamada a lo profundo, a lo esencial. Creemos reconocer algo, nos esforzamos por encontrar la música. Escuchemos de nuevo y veamos que el juego rítmico de las notas es ahora muy diferente: los sonidos mantenidos y desiguales del pedalier se oponen a los rápidos e iguales que oíamos en las voces de los manuales.

Aunque ahora también se trata de series dodecafónicas, los sonidos son predominantemente largos, lentos, y cada uno de ellos tiene un valor rítmico distinto. Ahora percibimos las diferencias entre unas notas y otras. Pero además, ocurre también que las series tocadas en esta voz grave guardan entre sí una relación: son todas ellas transformaciones diversas de la primera serie (por ejemplo, la última repetición de la serie del bajo, la sexta, es la primera tocada al revés, lo que se llama en movimiento retrógrado).

Por eso podríamos hablar de una pseudomelodía en el grave: oímos unas diferencias que nos invitan a buscar un significado, inconscientemente queremos descubrir un orden, una forma. Enseguida creemos percibir un sentido, pero en realidad no es una melodía propiamente dicha, pues no hay tendencias ni resoluciones. Descorazonados, comprendemos que desconocemos a dónde va la sucesión de esas notas largas que se mantienen sonando. Pero mediante sus grandes saltos y la articulación de dos notas de diferente duración (la anteposición de una duración breve a una nota larga) nos llega el recuerdo de fragmentos interrumpidos de una melodía desgarrada de violonchelo. Y eso nos crea un gran efecto patético. Precisamente en un contexto carente de significado, esta forma, lograda por las distintas duraciones de las notas, nos transmite un atisbo de sentido, e inconscientemente lo comparamos con nuestras expectativas, con lo que esperaríamos oír de acuerdo con el lenguaje musical al que estamos acostumbrados. En un paisaje vacío de información estos conatos de sentido adquieren un valor expresivo muy fuerte.

Pero seguramente lo que más nos sorprende de esta música es que suene en el órgano de iglesia. Podríamos pensar que Messiaen juega con la paradoja. El timbre majestuoso del órgano contraviene el carácter de mecano loco que oímos sin parar. Y quizá aquí resida una parte muy importante de la fuerza expresiva que posee esta pequeña pieza, su poder para desconcertarnos, para asustarnos y hacernos sentir muy pequeños. Nos choca oír en un órgano de iglesia una música de estas características, tan moderna, pues estamos acostumbrados a asociar el timbre del órgano con la música sacra. Pero si nos paramos a pensar un poco nos daremos cuenta de que se trata de una paradoja solo aparente, pues lo que oímos es también de algún modo música religiosa. Pero vayamos poco a poco.

El sonido del órgano de iglesia, con todas las resonancias que van quedando y que se mezclan y superponen produce un impacto inmediato en nuestros oídos y constituye un recurso espectacular para el objetivo de la obra: conmovernos. Tal y como indica la registración en la partitura, y como podemos hacernos una idea en el vídeo, por cada nota que da el organista suenan aproximadamente unos veinte o más tubos de órgano. Eso nos transmite una idea de algarabía. Además, la fuerza del grave se acentúa por la utilización del registro de 32 pies, cuyos tubos suenan dos octavas por debajo de la nota pulsada, de modo que las frecuencias graves rozan los límites de lo audible.

Y también, la iglesia, el edificio, forma parte del instrumento, pues actúa como caja de resonancia, modificando y completando la sonoridad de los tubos. Cuando escuchamos la música del órgano en directo en una iglesia sentimos como que nos halláramos dentro del propio instrumento y, ya sea por la costumbre, ya porque esa sensación de estar resonando es muy poderosa, nos vemos conmovidos en algo que podríamos llamar espiritual. Parecería como que al escuchar el sonido del órgano todas las partículas de nuestro cuerpo se pusieran a vibrar en resonancia con los armónicos que el órgano despierta. Pero también ocurre cuando escuchamos este sonido en una grabación, pues las resonancias que oímos traen a nuestra mente la sensación de un espacio grande, reverberante y nuestro cerebro las interpreta perfectamente, por lo que creemos hallarnos sumergidos en un enorme espacio sonoro lleno de información que no reconocemos.

Que sea una música religiosa nos sorprende a todos. Pero ya podríamos haberlo intuido por la propia trayectoria de Messiaen y por el título mismo de la obra: “Los ojos de las ruedas”. Se refiere a la visión del profeta Ezequiel, como vemos por los versículos de la Biblia que encabezan la partitura (traduzco del francés, según aparece allí):

“Y las llantas de las cuatro ruedas estaban llenas de ojos todo alrededor […]. Pues el Espíritu del ser vivo estaba en las ruedas” (Libro del profeta Ezequiel, 18, 20).

Para entender un poco estas palabras quizá sea interesante leer el contexto al que pertenecen. Lo podéis encontrar en este enlace (Ezequiel, I. Biblia, Antiguo Testamento). En esa traducción se usa "destellos” en lugar de ojos:

“18. Su circunferencia tenía gran altura, era imponente, y la circunferencia de las cuatro [ruedas] estaba llena de destellos todo alrededor”.

“20. Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas”.

Si nos fijamos en las frases que destaco en el texto que aparece en el enlace, entenderemos algo mejor la música que estamos escuchando. Allí se habla del sonido que aparece en la visión del profeta. Estamos ante lo que se suele llamar “música programática”. Messiaen nos está poniendo en antecedentes de lo que ha sido su fuente de inspiración: el pasaje bíblico en el que Ezequiel, el profeta del pueblo cautivo en Babilonia, transmite un mensaje de esperanza a su pueblo. Ezequiel intentaría con su visión mostrar que a pesar de la aparente ausencia de Dios, a pesar del cautiverio y de la adoración de los ídolos, Yahvé no ha abandonado a su pueblo, sino que aparece en todo su esplendor para reconfortarlos en los momentos de penuria.

Lo cierto es que esta música nos impresiona y nos con-mueve, más allá de que seamos creyentes o no, más allá de que participemos o no de la espiritualidad del compositor. Se me ocurre que Messiaen utilizó en esta composición una metáfora para hablar del mundo actual, un mundo también cautivo y loco, en el que considera que se adoran ídolos de piedra, falsos ideales, un mundo en el que cualquier cosa que suene a espíritu parecería haber desaparecido. Pero nos quiere transmitir una idea esperanzadora, algo así como que, aunque no lo reconozcamos, el espíritu no nos ha abandonado. Y lo hace mediante ese grave que aparece resonando en su completa profundidad, con una melodía que no entendemos, pero que nos sobrecoge, que nos soporta, como esos ojos vivificadores de las circunferencias de la visión del profeta. Las notas graves nos crean expectación y alerta, pero también nos dan una cierta sensación de magnificencia y solidez, de cierto entendimiento.

Creo que aunque en esta música no reconocemos una forma concreta, una melodía que quedara en nuestra memoria, oímos algo, algo que no entendemos, pero que parece contener un sentido, un orden, como si se tratara de un mensaje críptico del que desconociéramos la clave. Nos quedamos expectantes, pero atisbamos algo que está detrás, subyaciendo. Pensamos que tal vez hay que mirar con ojos nuevos la rueda, el mecano, el artificio giratorio, no dejarnos llevar solamente por la algarabía espinosa del agudo, por el grito y el miedo. Hay que descubrir los ojos que se abren en ella, los destellos de vida que la circundan. Hay que oír, hay que ver. Oigamos esta música, así pues, en contra de lo que al principio suponíamos, como una metáfora de vida y esperanza.
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Para esos guardianes del fuego que proclaman que no sienten la música, pero a los que algunas veces, aunque lo oculten, visita la gran señora. Y su ritmo funde el hielo. Para que sigan escuchando los sonidos de la vida y enseñándonos su melodía.

martes 21 de octubre de 2008

El espíritu de la música contemporánea: Olivier Messiaen

Cada época tiene sus propias manifestaciones artísticas y sus propios códigos. Y ocurre algunas veces que los artistas crean nuevos códigos, algo muy frecuente en nuestra época, particularmente en lo que solemos llamar arte contemporáneo.

Ahora bien, aquellos que contemplan una obra creada con códigos que desconocen no siempre se suelen sentir atraídos por ella, por lo que, si son sinceros y no quieren ser de aquellos que alababan las bellezas del traje nuevo del emperador, dicen que no les gusta, que no les dice nada.

Pero también ocurre que una obra artística nos puede conmover completamente sin terminar de entender los nuevos códigos bajo los que está compuesta. Yo creo que esto sucede casi siempre cuando el código está próximo a lo natural, a algo que compartimos por naturaleza los humanos, seamos o no conscientes de ello. Probablemente habrá mucho de sinceridad y poco de artificio en esa obra que cualquiera, sin conocer nada previo, percibe como magnífica, aunque luego el estudioso pueda traer a la luz múltiples facetas que el menos docto no había comprendido, al menos que no había asimilado racionalmente.

Lo que no podemos olvidar es que algo no es bueno por el hecho de ser nuevo. Hay muchas cosas francamente malas que han sido expuestas bajo el epígrafe de arte contemporáneo. Con frecuencia nos sentimos desconcertados cuando expertos en alguna materia nos dicen que tal o cual cuadro, que tal o cual composición musical, son magníficas. Y asentimos, no vayamos a quedar como patanes. Con lo cual, lo que a principios del siglo pasado fuera un revulsivo estético frente a los modos burgueses al uso, ahora, una vez deglutido por el sistema, se copia a sí mismo reiteradamente. Así vamos vistiendo de nubes al emperador...

Para enfrentarnos con una obra nueva tal vez baste con escuchar los latidos de nuestro corazón, la impresión estética subjetiva que cualquiera que ha gustado de estas cosas va ejercitando con el paso del tiempo sin apenas darse cuenta. Con una mente amplia, desde luego.

Pongo ahora un ejemplo de que la buena música contemporánea puede penetrar inmediatamente en lo más profundo del ser humano,comparta o no los presupuestos espirutuales del autor. Aunque ahora ha pasado tanto tiempo desde que fue compuesta que su código ya nos pertenece, sigue sonando rara, distinta, y desde luego podemos presumir que no sería nada fácil de digerir por el gusto estético de su momento. A mi juicio el montaje del vídeo ayuda a imbuirse del espíritu de esta música, incluso a los más escépticos a la hora de juzgar la música contemporánea.

Olivier Messiaen: Les yeux dans les Roues (del Libro de Órgano):




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Si queréis conocer algo más de esta música, os recomiendo que leáis este post (está en ingles)



Otras entradas de blog que he encontrado interesantes y que han hablado de Messiaen son:

- Centenario de Messiaen.

- Cuarteto para el Fin de los Tiempos

Continuación.

domingo 12 de octubre de 2008

Claudio Rodríguez: Don de la ebriedad

Don de la ebriedad (1953)

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.


Claudio Rodríguez (España, 1934-1999)




Hay poemas que nada más leerlos te causan una impresión profunda.

Antes de que entiendas siquiera lo que dicen las palabras, por algún canal privilegiado llegan a ese rincón del corazón en el que debe de estar latente la sabiduría verdadera, a ese circunstancial espacio que está preparado para acoger la luz que alguien fortuitamente derramó algún día.


Y luego recuerdas que se paró por un instante el movimiento, que se suspendió el tiempo para permitir que nuestra alma resonara con los acordes y ritmos del espíritu que lo construyó.

Se revela el momento.
Y comprendes.
Y sientes ese resplandor del que se habla o sientes que alguien sintió ese resplandor con tanta fuerza que de su boca brotaron bien acompasadas las palabras.
Y ellas se convirtieron en claridad luminosa, en forma que acoge con su luz a las cosas.

Lees, y lees de nuevo.
Resuenan ecos de ritmos en los pasos que caminas.
Ecos de Diosas Antiguas que desvelan verdades redondas a los que viajan por Carros de Luz conducidos por las Hijas del Sol.
Ecos de sabiduría gruesa, de profundos arcanos, de conocimiento infundido por borrachera iniciática.


Y comprendes.
Esperanza eterna de abrazos mortales, de trascendencia, de entrega absoluta, de una forma rotunda de amor.
Ebriedad.
Verdad.



Hace unos meses Paloma y Juan Luis me hablaban con entusiasmo de Claudio Rodríguez, familiar cercano suyo. Cuando me recitaban el poema, bien aprendido desde mucho tiempo atrás, entendí en su mirada que alguna cuerda de recuerdo quebrado estallaba en lo profundo. Al cabo de unos días me regalaron un librito con una selección de poemas de Claudio, editado por el Centro de Poesía José Hierro con motivo de su tercer aniversario (Toda una Leyenda, Madrid, 2006). Si ya cuando oí las palabras recitadas, inmediatamente comprendí que había un pulso especial en sus sonidos, cuando leí y leí el Don de la Ebriedad, me sentí profundamente acompañada.